Por: Ernesto Yamhure

Minas de cobardía

DESDE EL SIGLO XVI, LAS MINAS HAN sido arma poderosísima. Entonces, se empleaban para volar las fortalezas enemigas. En la Primera Guerra Mundial aparecieron las antitanque, capaces de inmovilizar vehículos blindados.

En Vietnam, las tropas norteamericanas rociaron los campos con minas, creyendo que así lograrían detener el avance del Ejército Nacional de Liberación, conocido como el Viet Cong. Mutilaron y mataron a miles de personas y no pudieron ganar la guerra.

Colombia no ha sido ajena al uso de estos elementos que tienen un trasfondo psicológico terrible. Fueron inventados para hacer el mayor daño posible. O matan a quien tenga a mal pisarlas, o cuando menos mutilan sus extremidades, dañan su visión y su oído.

Tal vez nos hayamos acostumbrado a este fenómeno. Con desdén y algo de burla, decimos que se trata de quiebra patas, como si quienes las pisan fueran animales de carga y no soldados, mujeres, campesinos, niños y ancianos.

De los 32 departamentos, en 24 se han hallado rastros de minas. En 2006, 625 miembros de la Fuerza Pública y 321 civiles cayeron heridos por cuenta de estos artefactos. El año pasado, la cifra descendió a 138 y 79 respectivamente.

Las Farc, arrinconadas y correteadas por nuestros soldados y policías, encontraron en las minas una herramienta “formidable”. Hace pocos días, un militar de alto rango me comentaba que la guerrilla ha dejado de lado el combate, prefiriendo la utilización de esos aparatos diabólicos con los que hieren el físico y la moral de nuestras tropas.

A mediados de 2007, el embajador itinerante del terrorismo de las Farc, Dick Emanuelsson, aplaudió a través de una emisora de radio la utilización de las minas antipersona por parte de su organización criminal. Dijo que eran necesarias para “defender el territorio en poder de la guerrilla”. Lo paradójico es que ese individuo continúe como un pez, moviéndose entre Centroamérica y Europa con total impunidad. ¡Cuánto nos falta en materia de cooperación internacional para la judicialización de los adláteres de los violentos!

Consciente de la magnitud del daño que causan, Colombia suscribió la Convención sobre la Prohibición del Empleo, Almacenamiento, Producción y Transferencia de Minas Antipersonales y sobre su Destrucción. Desde entonces, se ha clamado para que las naciones del mundo nos ayuden implementando mecanismos idóneos para evitar que la guerrilla pueda acceder en los mercados internacionales a este tipo de armas macabras.

Desafortunadamente, su uso sigue siendo indiscriminado. La semana pasada hubo que amputar a 33 soldados. Son muchachos menores de 30 años que luchan por un país sin terrorismo. A pesar de la tragedia por la que pasan, continúan con la moral en alto. Uno de ellos, que ahora se encuentra en el hospital militar, perdió la visión por cuenta de las esquirlas de fibra de vidrio que los terroristas le incrustaron a la mina que mató al sargento que iba adelante suyo. Este soldado, en cuyo rostro no se vislumbra un átomo de rabia, anhela recuperar sus ojos para continuar con el cumplimiento del deber militar.

La visita a unos cuantos soldados cuyas extremidades tuvieron que ser cercenadas nos confirma el grado de degeneración de los terroristas que han sembrado nuestros campos con minas rellenas de explosivos, estiércol y estopines.

Son cobardes que no combaten de frente y que optaron por la sucia estrategia de matar a sus enemigos a como dé lugar. Si la mera explosión de la mina no es suficiente, entonces la infección que producen las heces que en ella han puesto seguramente lo hará. Esto corrobora que las Farc lo han perdido todo, empezando por la hombría.

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