Por: Santiago Gamboa

Mineros, claustrofobia

CIERRO LOS OJOS, LO IMAGINO Y siento horror.

¿Qué puede compararse a estar atrapado a 700 metros bajo la superficie de la Tierra? Pienso en el tormento de los 33 mineros chilenos atrapados al fondo de la mina San José, en Atacama, y me entran temblores. Taquicardia. Pero no puedo dejar de pensar en ellos. Treinta y tres desdichados en una burbuja en medio de la masa terráquea, alimentándose con dos cucharadas de atún, un vaso de leche, media galleta y fracciones de melocotón en almíbar. Podrán salir dentro de cuatro meses si las perforaciones son efectivas, izados a través de un canal de 66 centímetros de diámetro que, cuando intento imaginarlo, me da parálisis respiratoria, sudor helado. Pánico. Ante esto, el suplicio de Tántalo, el lecho de Procusto o el castigo de los dioses a Prometeo parecen un juego de niños. Es como si de vez en cuando la Tierra castigara a quien se atreve a revolverle las entrañas. Como si hubiera decidido retenerlos, imponerles un sufrimiento que se me antoja atroz. Ahora bien: supongo que por ser mineros no sufren, como yo, de claustrofobia.

Por cierto que la minería es una de las actividades más antiguas y tiene mucho de los viejos rituales de la herrería y la alquimia. La creencia de que toda roca comienza siendo carbón y, luego, por la partenogénesis en el vientre vivo de la Tierra, se transforma en oro. El proceso es largo y entre medias la roca pasa por diversas mutaciones. La plata es una de ellas. Pero las minas son viejas y cada vez es necesario ir más al fondo. No soy experto en metales y por eso las palabras que describen lo que hay en la mina me suenan como oraciones de herreros de la Edad Media: “Los mantos del filón presentan lechos margosos, algunos cruceros, fracturas y agrietamientos. La casi totalidad de la plata está en estado metálico o en estado de plata sulfurada, asociada con plata nativa. La ley del mineral pasa del 4 ó 5 por ciento; la ganga es calcárea, pero ya mezclada con cuarzo, conteniendo sólo poco hidrato de hierro y sulfato de bario”.

Este tipo de historias recuerda el tesón del hombre por ir más allá de su naturaleza. Volar, ir al fondo del mar, viajar por el espacio, llegar al centro de la Tierra. Cuando Julio Verne los imaginó en sus novelas, la mayoría de estos viajes eran fantásticos. Hoy no lo son, pero los accidentes devuelven al hombre su frágil condición. Necesitamos aire para respirar, agua entre cero y cien grados. El fuego nos quema. La imagen de este grupo de mineros, atrapados en el fondo de la Tierra, es una metáfora de la osadía pero también de la fragilidad. Una versión contemporánea de Ícaro, que quiso volar hasta el sol y sus alas se deshicieron, obligándolo a regresar de forma, digamos, precipitada, a la superficie de la Tierra. Esa misma superficie a la que aspiran los hombres de Atacama.

Pero hay algo que me produce aún más claustrofobia y es la estrecha, cavernosa y fría insolidaridad humana. Escuchen lo que dijo el dueño de la mina: “Es difícil que pueda pagar los sueldos de los 33 mineros atrapados”. ¡Dios santo! Esto nos recuerda algo más y es que el hombre, a pesar de su fragilidad, siempre logra ser más cruel, más despiadado que la propia Naturaleza.

 

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