Minga animista

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“Cuba: el final de la utopía”, es un artículo del exguerrillero e intelectual salvadoreño Joaquín Villalobos donde sostiene que el socialismo cubano no ha sido un movimiento político sino una religión**. En Homo Deus, Harari la incluyó dentro del humanismo, culto al cual hoy sustituye el dataísmo, con su reverencia por algoritmos e inteligencia artificial. Sin embargo, ninguno de esas devociones ha logrado llenar el vacío que dejó el animismo. Generador del nexo espiritual que entretejió gente y naturaleza, ese credo es el único en ofrecer salidas tanto para el actual cataclismo climático y ecosistémico, como para la extinción de la humanidad.

A propósito del futuro, Villalobos plantea que “con la actual pandemia, sectores de la izquierda marxista pronostican el fin de la globalización y del capitalismo…”. Sin embargo, como para ese autor el capitalismo ha dado muestras de invulnerabilidad, se fija en la opción de Costa Rica, democracia sin ejército acerca de la cual escribe: “[José] Figueres y sus seguidores no eran marxistas-leninistas y no les interesó ser redentores. Prefirieron instituciones a caudillos, [y] …entendieron que la naturaleza humana es un balance entre la cooperación y la competencia en la cual la ambición de los empresarios puede convivir con la solidaridad hacia los trabajadores”. De ahí los niveles de innovación tecnológica y salvaguardia ambiental logrados allá. En Colombia, ¿podríamos ilusionarnos con un balance comparable al que consiguieron los costarricenses?

Luego de un mes de entretener este interrogante, me hallé con el video que muestra a Bruce MacMaster descalificando la marcha de la minga social hacia Bogotá. No me sorprendí de que se basara en el libreto predecible entre los privilegiados por la política gubernamental, sino en un rictus que adquirió su cara al nombrar a los indígenas. Las muecas transparentan el mismo racismo que exhiben los trinos de José Félix Lafaurie descalificando la indumentaria de los Misak dizque por develar la infiltración guerrillera.

A lo largo de mi vida profesional, tan sólo hallé en Gilberto Echeverry a un empresario que no desacreditaba a indígenas y afros como bárbaros atrasados a quienes era necesario civilizar. No obstante, saliéndonos del muy arraigado ninguneo étnico-racial, también es difícil pensar en algún agroindustrial de la papa dispuesto a salvaguardar el bosque alto andino y los páramos, o a llevar a cabo siembras que no deriven en la extinción de abejas, abejorros y colibríes, entre todos los polinizadores víctimas de los agroquímicos para mejorar la producción del cultivo. No hallo nombres de ganaderos para quienes su oficio no sea el paso intermedio entre la deforestación de las selvas húmedas y las rentas que acumulan luego de hacerse escriturar los baldíos. Y nuestros palmicultores y cañicultores sí que menos darían las muestras que para Villalobos son importantes entre los ricos que van al cielo.

Más bien hay que fijarse en quienes debemos considerar empresarios del porvenir porque persisten en dejarse guiar por fuerzas espirituales “a las cuales les piden permiso para cazar, pescar, adivinar”. De ellos hacen parte los organizadores de la minga cuyo discurso privilegió la palabra espíritu: “Agradecen al espíritu mayor, notifican la apertura de las autoridades espirituales, se dirigen al médico tradicional como sabedor espiritual, anuncian un juicio espiritual al presidente”. Al fin y al cabo, a lo largo de toda su existencia el escenario de sus vidas ha consistido en la Madre Tierra.

* Profesor, Programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia

** Revista El Malpensante, # 221, págs.: 34-44. También: https://www.nexos.com.mx/?p=48573

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