Por: Cartas de los lectores

Minifalda y mito

Hoja de parra de la modernidad pareciera una definición útil para la búsqueda de significados de la encantada prenda, que vayan más allá de la función de abrigo.

La mitología que prevalece entre nosotros funda el origen mismo de la cultura en la expulsión del paraíso de una pareja bisoña, que temerosa ahora de su desnudez y sola ante el deseo titánico, viste su cuerpo con las fragilidades de una hoja silvestre.

Milenios de historia y de prehistoria no han alcanzado un modo que libre a la mujer y al hombre de los horrores que el Dios bíblico les infligió como castigo.

Un joven hombre y una joven mujer de Colombia, nuestra tribu, en esta hora de hondas sensibilidades respecto de la danza eterna entre los sexos, son objeto de una incursión mediática que luce el rostro punitivo y rapaz de la moralidad vigente. El pecado mortal: haber dado o anhelado dar cauce a su deseo, de un modo al parecer furtivo, en todo caso comprensiblemente acorde con el sensualismo desacralizado que hoy todo lo permea entre nosotros. Y un hombre, ya maduro, en nombre de la lucha por la equidad de género y la no violencia, y a pesar de que por radio censuró el posible abuso y ulterior abandono de la joven por parte de su compañero de fiesta, es simultáneamente condenado a la hoguera inquisitorial de algunos medios por preguntarse si una probable actitud seductora de la joven pudo favorecer la aventura desdichada, hipótesis que en aras de un análisis que de verdad lo sea, ha de reconocerse como literalmente coincidente con el mito fundacional de Adán y Eva y su inestable paraíso.

Pretender el juicio y la condena de un presunto o presuntos protagonistas y responsables únicos de una situación que a todos aflige y compromete, distrae seriamente la urgencia social de una asunción distinta del poder formidable y misterioso que anima la danza entre los sexos, fundamento de la cultura y de la vida.

Convendría aplicarnos ya, como individuos, como parejas, a una búsqueda sincera de una forma distinta de asumir el deseo, reconociéndolo, para empezar, como poder supremo, sacralizarlo entonces concediéndole la dirección de una nueva voluntad humana, libre de sujeción a los impulsos que esclavizan y envilecen, a la razón insuficiente y a la moral ficticia. De tal modo, del instinto que discurre por los parajes de la desolación y de la muerte, paso a paso ascenderíamos a los intemporales ámbitos de los iluminados goces, de las reales convivencias, de las definitivas libertades. A Yahvé podríamos contarle que no mintió la serpiente, su criatura. Y que en virtud de nuestro conocimiento milenario y suficiente del bien y del mal, perdimos para siempre el paraíso de la inocencia ingenua y frágil, para ganar en cambio la victoriosa y sabia condición de los dioses. Capaces todos del perdón, de la fraternidad y de la dicha.

Luis Gabriel Jaramillo Flórez. Chía.

 

 

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