Por: Ciudades invisibles

Ministra confundida

En el caso del Parque de la Independencia, la Ministra de Cultura no parece saber muy bien qué le corresponde y qué no. Sus palabras dan la sensación de desconocer que su despacho otorgó ya un concepto favorable a una intervención que atenta contra el patrimonio cultural.

Para esquivar la obligatoriedad del concepto del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, los interesados en tratar el Parque de la Independencia y el Quiosco de la Luz como el patio trasero de su casa presentan una objeción inmediata: que Parque y Quiosco no son Bienes de Interés Cultural del ámbito nacional (antes Monumentos Nacionales). En efecto, es absurdo que no lo sean, pero así es. Apenas pertenecen  al “ámbito” distrital.

Igualmente cierto es que el decreto 1905 de 1995 determina que las Torres del Parque sí son un Monumento Nacional y que el “área de influencia” del Monumento es “todo el perímetro del Parque de la Independencia”. Con lo cual, Parque y Quiosco hacen parte del Monumento, y son indispensables para su valoración y protección. También establece el decreto que cualquier “intervención sobre el bien o sus espacios públicos” requiere la autorización del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural (antes Consejo de Monumentos).

De modo que Parque y Quiosco están protegidos por un decreto nacional que prevalece sobre cualquier disposición legal distrital y todo lo que se ha hecho con el parque hasta el momento ha sido ilegal, por cuanto su alteración es decisión de un comité, no de una u otra persona.

El Ministerio de Cultura cometió el error de ceder la responsabilidad del proyecto Parque Bicentenario al Distrito. Afortunadamente, dado que el nuevo parque no está construido, todavía está a tiempo de enmendarlo. La única manera como podría haber efectuado esta transferencia hubiera sido a través del citado Consejo, y la única forma de corregir el rumbo es asumir el error y subsanarlo; no negarlo y taparlo.

El  Consejo debería velar por que cualquier intervención  sea lo más cuidadosa, sutil, respetuosa, mesurada y artística posible. En principio, no se debería talar un solo árbol más (ya van 140), ni endurecer un centímetro cuadrado –a menos que sea estrictamente necesario– y el tratamiento paisajístico que se dé a los empates entre lo nuevo y lo viejo debería ser una obra de filigrana urbanística. Lamentablemente, el arquitecto a cargo del proyecto tiene, una por una, todas las características e intenciones opuestas.

 

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