Minneapolis: evidencia del racismo y de la indignación

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El 25 de mayo, fecha en que se celebra anualmente el Día de África, un crimen bárbaro ocurrido en Minneapolis conmocionó el mundo. En el video que se volvió viral, Chauvin, un oficial blanco sujeta a Floyd, de origen afroamericano, en el suelo con la rodilla en el cuello, aproximadamente 8 minutos hasta que fallece. Sus últimas palabras fueron “no puedo respirar”. Poco después de ser llevado por una ambulancia fue declarado muerto.

Algunas narrativas reiteran que debido al COVID-19, George Floyd había perdido su trabajo de vigilante. Había intentado utilizar un billete de US$20 falso en un supermercado. El oficial Chauvin, seguro de cumplir su deber y armado de un odio racial histórico, actuó sin piedad.

Ojalá esta escena desgarradora fuera algo aislado, pero en realidad se repite en los guetos, en los barrios periféricos o favelas de países latinoamericanos y en otras partes del mundo en donde ser negro y pobre los convierte por sí solo en un objetivo militar.

La muerte de Floyd desata en varias partes de Estados Unidos protestas que transforman en consigna la última frase de este afrodescendiente, que se vuelve símbolo de una lucha histórica que, en pleno siglo XXI, no ha terminado.

Un policía, representante de las élites blancas y racistas que parecen haber sido legitimadas con el derecho de matar o de escoger quién debe vivir. Su nombre o su afiliación corporativa importa menos que el papel que ha cumplido, pues sabe que, a la sombra de la miseria, de la desigualdad y de la omisión sus brazos se extienden, se entrelazan y se camuflan con el fin de oprimir, de exterminar, de blanquear y de invisibilizar.

George Floyd y su muerte despiadada se ha vuelto un canto de libertad, paz y justicia en el auge de la pandemia del COVID-19. Su muerte nos dejó sin aire, asfixiados, pero la ola de protestas desatadas, con un componente racial diversificado, nos da la esperanza de que las sociedades se levanten por un mundo mejor en el poscovid. Por lo menos 40 ciudades de Estados Unidos decretaron este domingo toques de queda ante las manifestaciones que crecen en todo el país. Las mayores movilizaciones se registraron en los estados de Minnesota, Nueva York, Washington y Florida.

En plena pandemia, las máscaras caen y no logran esconder demandas históricas inmersas en un racismo sistémico que a veces se agudiza y en otras se atenúa.

Lo impensable había ocurrido. El 20 de enero de 2009 llegaba a la Casa Blanca Barack Obama, el 44° presidente y el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, legalmente permitido, pero imposible en décadas anteriores. Un momento de inflexión histórica que llenó al mundo de esperanza y de la posibilidad de un cambio creíble. Hay que rescatar el sueño y levantar la voz: no más George Floyd ni Marielle Franco.

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