Por: Augusto Trujillo Muñoz

Mirando al pasado

No sé si sea un propósito de sus élites más conservadoras, o si la sociedad catalana en su conjunto quiera separase de España. En todo caso, están mirando al pasado.

Asumieron un nacionalismo agresivo del estilo de todos aquellos que han servido para alimentar amargas historias en múltiples geografías. Los fascismos de entreguerras en la Europa de la primera mitad del siglo xx, se parecen a estos comunitarismos a ultranza que hoy prefieren montar barricadas en lugar de construir puentes, de doble vía, a lo largo de sus fronteras territoriales o culturales.

El diario “El País” de Madrid registra el proceso de opinión que se cumple desde la marcha del 11 de septiembre pasado y la inmediata apuesta soberanista del presidente catalán. Consigna, por ejemplo, las críticas que el sociólogo José Luís Álvarez formuló a la burguesía catalana cuyo propósito, por décadas, fue privilegiar el conflicto nacional con España sobre los problemas internos de Cataluña, con un resultado que afecta a sus habitantes desde el punto de vista de la fortaleza fiscal de su Comunidad Autónoma.

Por su parte la diputada socialista al parlamento catalán, Laia Bonet, pidió fortalecer el diálogo “para abordar los retos con menos pasión nacional y más pasión democrática”. El constitucionalista Javier Tajadura propuso la senda federal para España y para Europa, mientras el historiador José Álvarez Junco y el periodista Xavier Vidal-Floch coincidieron en señalar la crisis que acusan los estados-nación y lo poco atractivo que resulta para cualquier comunidad organizada, convertirse en uno de ellos.

Es curioso. La tradición española de diversidad cultural y autonomía territorial hunde sus raíces en la vieja Edad Media. Allí nacieron las instituciones locales, los fueros, el pluralismo jurídico que fue capaz de resistir el propósito avasallante y unificador de la Modernidad. Durante siglos los ibéricos construyeron instituciones para gobernar en la diferencia. Desde las Cortes Leonesas que, en 1188, dieron vida al principio de la representación, casi tres décadas antes de la Carta Magna; hasta las Constituciones de la Segunda República y de 1978, que construyeron un modelo autonómico como versión española de las instituciones modernas.

Sin embargo los cuarenta años de dictadura Franquista arrasaron con una larga historia de identidad múltiple. Aquella impronta sobrevivió a la decadencia del imperio, pero desapareció en cuatro décadas de nacionalismo hirsuto, perseguidor de todo lo que no fuera españolismo puro a los ojos del régimen. En esa forma desconoció una de las más ilustres tradiciones ibéricas. Franco terminó jugando el mismo rol unificador de la modernidad, pero vestido con signo contrario.

Desde este lado del mar no tiene sentido la postura catalana. La percibo manipulada desde sus élites, aunque puedo equivocarme. El avance hacia la aldea universal significa una nueva visión de la aldea local, pero también una reingeniería de lo nacional con su soberanía y su patrioterismo fundamentalista, que es lo que más se nota en la apuesta de la Generalitat. En Cataluña las fronteras con el resto de España no son un vínculo sino una muralla. Como en el siglo xix o en el xx. Por eso digo que están mirando al pasado.

*Ex senador, profesor universitario, [email protected]

 

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