Por: Eduardo Barajas Sandoval

Mirar al futuro, actuar de inmediato

Está bien soñar con la Bogotá del futuro, pero con la misma lógica es imperioso decidir acertadamente sobre la de ahora.

Las ciudades no se deterioran ni se componen de manera súbita. Su progreso o su detrimento pueden tomar varios períodos de gobierno. Cuando los alcaldes son elegidos por el voto popular, los ciudadanos deben entender cabalmente que una u otra cosa sucederá, según ellos mismos decidan.

Para que exista una conciencia clara sobre el valor del poder ciudadano conviene entender que la discusión sobre el destino de cada ciudad no es asunto exclusivo de urbanistas, que hacen lo que pueden con sus aportes juiciosos, ni de políticos, que salvo excepciones tratan de aprender de ciudad en los afanes de cada elección, ni de unos pocos empresarios entusiastas, ni de los ciudadanos que minoritariamente acuden a las urnas a votar, unos con más claridad que otros, por un salvador de turno.

El destino de cada ciudad es asunto de muchos. Porque somos muchos los que navegamos en la misma nave y a través de las mismas aguas. Desafortunadamente esto no parece tan claro y cada vez que se inicia un debate a manera de competencia pública por la Alcaldía, se acostumbra convocar discusiones sobre el destino de cada ciudad a los espontáneos o calculistas que por lo general deciden a ojo postularse para ocupar el cargo de Alcalde. De manera que, al contar solamente con ellos, se deja la agenda exclusivamente en sus manos.

En la medida que solo los candidatos expresen cuáles son los problemas, y las necesidades, las fórmulas de solución a las dificultades, o los incentivos para avanzar en los procesos positivos, si es que piensan en ellos, los ciudadanos, que son quienes primero deberían hablar, quedan por fuera. También quedan por fuera muchas otras voces especializadas y conocedoras de diferentes tópicos de interés público, de manera que el concurso pierde calidad. Muchos temas quedan relegados, sin respuestas ni propuestas, porque subsiste la tendencia a la reiteración de los asuntos de siempre, que no reflejan las complejidades de cada agrupación social política y cultural que configuran una ciudad.

Así se establece una especie de condena, porque vienen los alcaldes, unos más avisados que otros, hacen lo mejor que pueden, según su criterio, y poco a poco van sacando a flote, o hundiendo la respectiva urbe, y luego se van para donde los lleve su destino. Pero cada ciudad, grande o pequeña, queda algo así como expósita, en espera, y no en la búsqueda, de quien venga a hacer lo que sí es necesario e importante para todos.

Para romper con ese círculo es buena la idea de que hablen los más que puedan de los que tienen que hablar sobre las necesidades de la ciudad, en lugar de darles la palabra por anticipado y exclusivamente a los candidatos, que repiten el juego de siempre y, por lo general, ponen las cosas dentro de los límites que sus asesores les aconsejan.

El primero que se debe pronunciar sobre el destino inmediato de cada ciudad es el alcalde saliente. En un acto de responsabilidad histórica y política, cercano ya el final de su mandato, debe decir, desapasionadamente, qué recomienda hacia delante para el progreso de la ciudad respectiva. Nadie mejor que él para contar cómo se ven las cosas desde la cabina de mando justo antes de la transición a un nuevo gobierno. Puede que no se llegue a estar de acuerdo con su visión de las cosas, pero es bueno oírlo sin juzgarlo a priori y tener en cuenta lo que diga.

También conviene convocar desde temprano a participar en la discusión a representantes de gremios, organizaciones, grupos de estudio, partidos y comunidades ciudadanas interesadas. Con su concurso se puede completar el mapa de las exigencias que a lo largo de la campaña, y a la hora de escoger por quién votar, será necesario hacer para que las elecciones sean un acto responsable de ejercicio de poder ciudadano y no, como de costumbre, el premio minoritario a la capacidad que uno u otro candidato tenga de movilizar voluntades en torno a un programa de alcance parcial, con ofertas en muchos casos hechas a la carrera.

Dentro de esta lógica caben a la vez los ejercicios con la mirada puesta en el largo plazo, plenos de idealismo, y la intervención política inmediata de unos ciudadanos avisados e interesados en que la ciudad tome desde ahora, frente a problemas reales y tangibles, uno u otro rumbo. Ciudadanos que no estén dispuestos a volver a editar el espectáculo de quienes no participan en la discusión y desperdician la posibilidad de ejercer su poder, para después manifestarse dolorosamente a través de sus quejas y contribuir a un estado de desasosiego que afecta gravemente la calidad del conjunto de la vida urbana.

 

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