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La amplia victoria de Luis Arce, el llamado “heredero de Evo Morales”, en las recientes elecciones bolivianas es una noticia importante para América Latina y para Colombia en particular.

En nuestro medio se tiende a menudo a asimilar las experiencias venezolana y boliviana. Error. No solamente los contextos son fundamentalmente diferentes; también lo son los modelos y las trayectorias de desarrollo. El chavismo causó una catástrofe económica y humana, cuyo más espectacular pero no único síntoma fue una emigración masiva que en parte recaló en Colombia (no nos pongamos de pie a cantar el himno nacional: nuestro país puede reclamar para sí con mejores blasones el título de mayor expulsor de población a largo plazo, en parte por violencia persistente, en parte por falta de oportunidades). La Venezuela chavista pasó de ser un país relativamente próspero a una suerte de yermo en donde campean la hiperinflación, la escasez y la penuria. No hablemos ya de su deriva antidemocrática. Las conquistas sociales que aún pueda exhibir Maduro se han obtenido a un precio exorbitante.

La historia de la Bolivia de Morales es casi exactamente la contraria: desde el 2005, cuando llegó al poder, el país disfrutó de un crecimiento vigoroso del producto interno bruto per capita, a veces de dos dígitos (las cifras varían según la fuente, pero ver por ejemplo Datos Macro). Todo esto, en medio de una inclusión social masiva. La pobreza extrema disminuyó de 37 % a 17 % entre 2005 y 2015, según la oracular Wikipedia. La misma fuente —junto con muchos analistas— registra una disminución espectacular de la desigualdad: el índice de Gini, por ejemplo, pasó de 0,6 a 0,47. Esto es tan impresionante como suena, y más: un indicador de gran poder y de sencillez clásica, el Gini tiende a cambiar con lentitud. Algún economista dijo que analizar la evolución del Gini era como sentarse a mirar crecer el pasto. No hablemos ya de la construcción de una exitosa política para el tratamiento de los cultivos de coca, que es referente mundial y que recientemente dio lugar a un análisis reflexivo por parte de The Washington Post. Durante los “años dorados” —como los llamó con justificado orgullo el vicepresidente García Linera— de los dos períodos de Evo, el país se transformó a fondo, material, política y simbólicamente.

¿Cómo pudo suceder esto? Es claro que nos falta mucho para entender tales desenlaces. Tiene que haber contado el hecho de que Evo proviniera de una experiencia partidista seria, que le dio una formación, un equipo, un programa. Este incluía no un rechazo al aparato productivo, sino su regulación, procesos masivos de formación de capital humano y redistribución programada de activos sólo allí donde fuera necesario. Como estuve en Bolivia un par de veces hace algo así como diez años en el contexto de una investigación, pude constatar que muchos empresarios estaban contentos con lo que comenzaban a ver.

Obviamente, la experiencia boliviana NO fue un paraíso en la tierra. De eso no dan. Hubo, por ejemplo, problemas con la democracia (nada comparable a los horrores de Colombia o la represión venezolana). El reeleccionismo de Evo dio el pretexto para un golpe de Estado de facto. El caudillismo, también por parte de figuras históricas positivas, causa problemas. Pero las urnas mostraron que “los años dorados” no habían pasado en vano.

Lo que me devuelve a Colombia. Están asesinando a la oposición: ahora a militantes de la Colombia Humana. El Gobierno calla. Qué falta de empatía, qué incapacidad siquiera de reconocer al otro para sentarse a hablar. Y qué contraste con esta minga estupenda que desde el suroccidente nos da lecciones a todos. Ojo con su disciplina: se protesta para atraer, para convencer, no para desfogar la rabia. Cuánto les hubiera gustado a los gorilas del uribismo que hubiera habido desmanes en la marcha hacia la capital. Pero no les dieron gusto. ¡Bravo!

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