Por: Piedad Bonnett

Mirar la guerra

Cuando le preguntaron a García Márquez por las causas del fracaso de tantas novelas sobre la violencia en Colombia, él contestó: “…porque la novela no estaba en los muertos… sino en los vivos que debieron sudar hielo en su escondite”.

Que la mirada sobre los horrores de la guerra resulta más poderosa si no pone el énfasis en los violados o en los decapitados sino en los sobrevivientes, que cargan por el resto de su vida con el dolor, la indignación y el miedo, lo supo desde un comienzo el fotógrafo antioqueño Jesús Abad Colorado, quien ha dedicado 25 años de su vida a registrar el conflicto colombiano, ese que un expresidente dijo que no existía.

Una extraordinaria selección de sus fotografías estará al alcance de los lectores en la próxima Feria del Libro de Bogotá, gracias a la iniciativa de María Victoria Mahecha y Gloria Cristina Samper, editoras de Paralelo 10. Mirar este libro, Mirar de la vida profunda, produce un desgarramiento. Allí está registrada la destrucción inaudita de pueblos enteros, de sus iglesias, sus puestos de salud, sus escuelas, que nos recuerdan que la violencia puede llegar a ser tan feroz aquí como en Irak o Siria. Y el esfuerzo de Misael, un campesino que carga al hombro una inmensa nevera mientras huye con su familia de La Tupiada, tras la masacre de las Farc; y las lágrimas de Miguel Arturo Valencia, un joven soldado de Apartadó, al que las milicias de su barrio le mataron a su hermanita de 13 años porque él no logró que sus superiores lo dejaran retirarse del Ejército; y el dolor de Cirilo, un habitante de Bojayá que atraviesa el río ondeando una sábana blanca a manera de bandera, pues lleva el cadáver de Ubertina, su bella esposa negra. Y están también las mujeres, jóvenes y viejas, vejadas, dolidas, abrazándose a la hora de sus muertos. Y los niños: el que abotona la camisa de su padre muerto, y el que llora desconsolado sobre el monumento a las víctimas de los paramilitares y el Ejército, y el pequeño Ubadel, un zenú de no más de ocho años que mira con la tristeza de un hombre viejo; y el soldado casi adolescente, cargado de metralla, que agacha la cabeza como si supiera que la muerte está a la vuelta de la esquina, y el jovencito del Eln que ríe desentendido del horror que lo rodea. Yo me pregunto si todavía estarán vivos.

Este libro, que arranca lágrimas y que muestra, objetivamente, todos los flancos del conflicto, corrobora que casi todas las víctimas de esta guerra son colombianos humildes, trabajadores, muchos de ellos paupérrimos, negros, indígenas, mestizos, atrapados entre distintos fuegos. Abad Colorado, hijo de desplazados, que fue secuestrado dos veces mientras desarrollaba su trabajo, es un valiente que se aventura en los territorios más apartados, un hombre que conoce la compasión —ese vocablo que viene del griego simpatía, que literalmente quiere decir “sufrir juntos”— y un artista que se inclina por la esperanza: muchas de sus fotografías muestran el coraje y la dignidad con que las víctimas se levantan. Cualidades todas de las que tendría que aprender el vociferante Vallejo, tan palabrero y vacuo en sus provocaciones. Pero él ya no aprende nada, sólo repite.

 

 

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