Iván Duque: así fue su histórico triunfo en las elecciones presidenciales

hace 1 hora
Por: Humberto de la Calle

“Mis” instituciones

EL CONOCIDO SABIO CORNELIUS Von Ken-Rinegen que disfrutó en Hamburgo de una fortuna enorme debido a sus estudios sobre espermatozoides, se especializó igualmente en el estudio del poder y los poderosos.

A él se le debe la importante sentencia que es un hito en la historia de las ciencias: “El tamaño no importa”. En efecto, todo poder, grande o chiquito, produce escozor en los genitales, el cual, transmitido al cerebro por ciertos canales neurológicos, afecta el seso de manera usualmente irreversible.

Prueba irrefutable: hace poco, a raíz de una reunión en Barrancabermeja, donde se oyeron disertaciones de rancio abolengo sobre abstrusas cuestiones de derecho constitucional, GaviriaCe dijo que en el Incoder y otros institutos del sector agricultura los paramilitares habían metido la mano (Propongo GaviriaCe para el jefe del Partido Liberal, GaviriaCa para el del Polo, GaviriaJo para el gohst writer de Casa de Nariño y GaviriaA para el candidato liberal).

La reacción del novel ministro Fernández fue de dos yemas: pidió explicaciones y agregó con tono pendenciero: yo sí defiendo y pongo la cara por “mis” instituciones. Como quien dice, no me dejo joder ni permito que nadie se me meta a la casa. Lo primero, vale. Lo segundo preocupa.

La última noticia registrada en este campo proviene de Luis XIV: “El Estado soy yo” fue su lema. Algo va del Estado francés al Incoder y de Luis al chico Fernández, pero es ahí donde interviene Cornelius. Lo interesante de su teoría es que la lujuria del poder no depende de la altura burocrática. Se sabe que las gallinas que están en la estaca de arriba ejercen su derecho al descanso estomacal sobre las de abajo y que eso les produce gran euforia. Ley universal. El embrujo del poder también crece y se desarrolla en ambientes casi microscópicos como el Instituto de marras. ¿Hay alguien más poderoso que un portero? De modo que el ludibrio que siente el ministro Fernández tiene la misma naturaleza del de un uniformado cuando le cierra el paso a un peatón.

Es claro que Fernández no podía escapar a un designio genético tan arraigado. Es un atenuante a la pendejada que dijo. Pero una cosa es el placer de la nómina, del desdén al lagarto, del carro oficial, del “sígase doctor”, “qué se toma el doctor”, de la reverencia del ascensorista y de la lambonería de miles de subalternos que hoy lo alaban a diario (ojo Fernández, mañana te olvidarán) y eso de adueñarse de los institutos y reparticiones burocráticas como cosa propia, como si fuera el patio trasero de la casa. Un Ministro, claro está, puede pedir concreciones cuando hay acusaciones de semejante envergadura. Además debe hacerlo. Pero hay dos formas de pedir esa información: una es la humildemente republicana, la que corresponde al funcionario cabal, que busca indagar lealmente por irregularidades para combatirlas. Otra la pregunta pendenciera y el “con mis muchachos, con mi burocracia no te metas que lo que es con ellos y ella es conmigo”.

No es mucho pedir a Fernández, y a otros muchos funcionarios de su talante, un lenguaje más reposado. Ellos no son los mandantes, son simples mandatarios de nosotros, los ciudadanos.

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