Por: Alfredo Molano Bravo

Mis muertos

A estas horas en que escribo YA todo lo escrito sobre Chávez habrá sido leído.

Me queda lo que el hombre dejó en mí; siento el deber de escribirlo. Su muerte, tan deseada por muchos y tan lamentada por tantos, es el último duelo de una historia que comienza, para otros como yo, con el asesinato de Gaitán. Es un recuerdo, lo sé, pero un recuerdo con el que hemos crecido millones de colombianos. De Gaitán tengo vivas las llamas en que ardía Bogotá, reflejadas en el cielo que veía desde la finca en que nací; 64 años después esa hoguera no se apaga y he caminado sobre las cenizas y los rescoldos que dejó su muerte. Alguna vez descubrí que la única hora que no habían podido borrarles a los colombianos fue aquella trágica una de la tarde del 9 de abril; los viejos sabían qué estaban haciendo aquel día en aquella hora. Una manera de ser fieles.

Mi segundo muerto fue Camilo Torres. En mi casa se oía hablar de su padre, Calixto, pediatra, colega de mi tío. En el Liceo de Cervantes —un nicho fascista de curas españoles— Camilo era un ejemplo porque fue el primer exalumno que “tomó los hábitos”. Años después se los tiraría al cardenal Concha por la cara. Camilo fue mi profesor de sociología urbana, pero sólo asistió dos veces a clase, y nada dijo de la ciudad. Andaba ya tras la tribuna. Iba para otro lado: a dar testimonio de su verdad con su vida. La dejó en un monte de Simacota, cuando todavía era monte y no un saqueadero de carbón. Cuando vi las fotos de su rostro muerto, su barba desparramada, su mirada congelada, juré tomar también el fusil y lo único que hice fue andar de pueblo en pueblo mostrando su sotana. La gente que se había ido con él también había caído, y no por las balas del gobierno.

Mi siguiente muerto fue el Che. Otro dolor, otra pena, otro cielo cerrado. De Cuba salió derrotado no por Fidel sino por Brezhnev. Derrotado también había salido de Guatemala y derrotado salió también del Congo. En Bolivia, una no tan paradójica manguala entre la CIA y la KGB lo cazó en un peladero. Nunca he podido entender por qué un guerrero con tantas guerras no se vino a pelear desde una de nuestras cordilleras o desde uno de los vericuetos del piedemonte llanero. Marulanda murió viejo pero no derrotado.

Chávez hizo lo que ni Camilo ni el Che pudieron hacer: ganar el poder con votos, y en el caso del también llorado —y muy llorado— Allende, sostenerse. Y más, fue el único que murió en la cama. Chávez renunció a las armas con ese “por ahora” frente al palacio de Miraflores, pero mostró un camino distinto, que es el que las Farc y el Eln tratan hoy de comenzar. La perspectiva que animó Chávez depende hoy de la suerte de la democracia en Venezuela. No está atada a la figura de Chávez ni a la de Maduro, sino a la existencia de una democracia popular, diferente a la de élites que monopolizaban los dos partidos tradicionales, adecos y copeyanos. El Movimiento Bolivariano hizo posible y real ese camino y ahora posibilita el nuestro. Si la derecha regresa a Venezuela, la insurrección armada en Colombia tomará de nuevo aliento.

Saludé a Chávez en la inauguración de Telesur, ese canal que marca un rumbo: para nosotros, el norte es el sur. Un verdadero ejemplo de calidad y pluralismo informativo que en Colombia sigue siendo vedado, que quizá Canal Capital pueda imitar. El comandante era un hombre mucho más pequeño de cuerpo de lo que uno lo suponía; de manos tan delgadas, que costaba trabajo imaginarlo disparando un fusil. Era una combinación equilibrada entre llanero y costeño caribeño. Hará mucha falta su voz, alzada siempre contra los Bush; su dureza sin sangre contra los escuálidos y su solidaridad militante con los millones de pobres y excluidos históricos de toda América Latina.

 

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