Por: Cartas de los lectores

Mis recuerdos del 2 de septiembre de 1989

Yo hacía parte del equipo de jóvenes de Espectadores 2000, el único proyecto de periodismo estudiantil que un diario importante impulsaba en Colombia; se publicaba cada miércoles, bajo la dirección de doña María Antonieta de Cano. Un amor de persona, como lo ha sido la familia Cano siempre. Gracias a ella conocimos la finca Fidelena, en Mesitas del Colegio, donde pasamos un día de juegos, piscina y comida, mucha comida.

No era empleado, pero tan pronto escuché la noticia aquel 2 de septiembre de 1989 por RCN Radio (eran épocas de bombas en la ciudad y los grandes andaban pegados a la radio a la espera del próximo “última hora”), tomé la buseta que me llevó desde el sur de Bogotá hasta la avenida 68 con calle 23 (a decir verdad, hasta la calle 13 porque la vía fue cerrada por seguridad). A pesar de que eran cuadras y cuadras acordonadas, me di mañas para llegar a la entrada trasera del periódico (la principal solo estaba habilitada entre semana). Llegué justo cuando llegaban doña María Antonieta y don Alfonso Cano en su camioneta y gracias a ellos pude ingresar a las instalaciones a eso de las 8:45 de la mañana.

También fui testigo de aquella escena horrible que dejó la explosión, tuve el privilegio de ver desde ese mismo sábado la edición especial, en blanco y negro, y el gran titular “Seguimos adelante”, que circularía al día siguiente. Fui testigo de la llegada de la prensa internacional para registrar la que fue una noticia mundial y nunca olvidaré la imagen de María Jimena Duzán escribiendo su columna en medio de aquellas ruinas. Yo tenía entonces 18 años y en tres meses exactos recibiría el título de bachiller.

Toda mi gratitud para con la familia Cano y en especial con doña María Antonieta, quien sembró en muchos jóvenes nuestro amor por el periodismo y nos brindó la oportunidad de ser parte de la historia de El Espectador, diario querido al que luego me vinculé, ahora sí, como periodista de planta por espacio de ocho años (junio de 1990-agosto de 1998), portando con orgullo el carné con el decálogo del buen periodista. (“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, era uno de ellos).

Escribí para la revista Los Monos, que fundó y dirigió Clara Helena Cano, una persona maravillosa que influyó grandemente en mi vida profesional, y también para la sección cultural (en aquella época se llamaba La Guía, bajo la dirección de Emma Arcila y luego de Luz Marina Giraldo): la Tele Revista, que dirigía Germán Yances, y la Revista del Jueves, que dirigían Gloria Luz Cano y Luz Dary Vélez. De todas estas personas y de muchas otras aprendí del oficio. Al lado del Magazín Dominical, que dirigía Marisol Cano, eran las mejores revistas de prensa. Una época bella, a pesar de los duros golpes de la mafia contra El Espectador y un orgullo haber escrito en el mismo periódico donde escribió Gabo, el único Premio Nobel de Literatura que ha dado Colombia, como prueba de que El Espectador es, ha sido y seguirá siendo, para mí, el mejor periódico del mundo, con tantas plumas que lo han hecho grande, incluyendo la de su actual director, Fidel Cano, quien para aquella época era un redactor más (Fidelito, tímido y buena persona, que es un sello distintivo de la familia Cano) y hoy sigue escribiendo la historia del diario más antiguo de Colombia, aquella que empezó en 1887 en Medellín.

Da rabia recordar aquel 2 de septiembre de 1989, y da rabia saber que aquel edificio emblemático para la historia del periodismo colombiano se convirtió luego en parqueadero de carros nuevos.

Alexánder Velásquez.

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