Por: Columnista invitado

Mis tetas, mi paraíso

Desde que tuve uso de razón y mi cuerpo comenzó a cambiar siempre añoré que mi pecho se agrandara.

Recuerdo que todas las del colegio a las que esto les había pasado se robaban las miradas de los niños, pero transcurrieron los días, los meses y los años y nunca me sucedió.

No hubo maní, ejercicios de brazo o pellizcos que lograran que el acostumbrador se llenara. Claro que no me puedo quejar. Con el tiempo mis caderas se ensancharon y por el ejercicio el trasero se endureció, así que mientras envidiaba las tetas de mis amigas, algunas deseaban mis nalgas.

Y fue así que pasé mi adolescencia y comencé la sexualidad temerosa de que en la intimidad algún romeo saliera despavorido por la falta de tetas. No falta el que piense que sin ellas no hay paraíso, aunque también hay bastantes que prefieren los traseros grandes, lo que a mí me sobra. Entonces comencé a experimentar y encontré posiciones favorables como la popular cucharita o estando en cuatro.

Sin embargo, cuando cumplí 30 decidí regalarme unas prótesis. Al principio fue complejo. ¿Cómo explicarle a mi papá la necesidad profunda de incorporar un par de siliconas en mi cuerpo? ¿Cómo hacerle entender a mi pareja, con quien siempre me he entendido de maravilla en la cama, que quería que las pudiera agarrar con las manos y no con los dedos?

Y es que cada vez era más notorio mi pecho masculino y aunque lo que nunca se ha tenido no se puede extrañar, yo las extrañaba. No era una necesidad estética, se había convertido en un anhelo casi biológico.

No habían pasado seis días de la cirugía y ya estaba inquieta por estrenarlas. Anhelaba quitarles la virginidad... Para mi fortuna fue maravilloso con todo y que no sentí  nada. Veía a mi futuro esposo agarrarlas con timidez, observaba sus manos acariciarlas, también las heridas y los puntos y sólo me imaginaba cómo se sentía!

Durante meses la experiencia fue similar hasta que los adormilados pezones comenzaron a despertar y cada vez fue mayor la excitación. Esa necesidad terminó convirtiéndose en un increíble cosquilleo que 365 días después aún me acompaña. Aunque no me quejo de mi sexualidad antes de tenerlas, valió la pena.

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