Por: Mauricio Rubio

Misoprostol, aborto e hipocresía

Esta decisión cae mal en los dos extremos del debate sobre el aborto, que en Colombia ha sido bien bizantino. En el mundo real, el misoprostol es una verdadera revolución en técnicas abortivas.

La historia de su uso refleja la astucia de las latinoamericanas para apropiarse de sus derechos reproductivos sin intermediarios, debates trascendentales, doctrinas, leyes, jueces, protectores iluminados o recursos públicos.

Fue en los barrios populares brasileños donde, hace un par de décadas, las mismas mujeres descubrieron que podían interrumpir su embarazo con este fármaco recetado para la gastritis. Se recomendaba no tomarlo en estado de gravidez, pues podía causar un aborto. Las mujeres embarazadas que no querían dar a luz y enfrentaban la ilegalidad, lo utilizaron precisamente como no tocaba: para inducir abortos. Físicamente, el efecto es similar a una pérdida espontánea, con el mismo riesgo para la salud. Con misoprostol por vía oral sublingual, es casi imposible distinguir el aborto inducido del natural. Así, ante eventuales complicaciones tras una interrupción voluntaria casera, las mujeres pudieron incluso acudir a los servicios de salud exigiendo atención. El verdadero revolcón consistió en deshacerse de las redes clandestinas del aborto y, también, de las mentes dogmáticas que les señalaban como única vía la quijotesca lucha por la legalización. El misoprostol desbarata el argumento del aborto como prioridad pública por el peligro mortal de la clandestinidad, un discurso caduco hipócritamente utilizado por quienes adoptaron la legalización como bandera política.

Para la OMS es un medicamento esencial, como antigástrico y por su eficacia contra la hemorragia posparto, causa líder de mortalidad materna. Con precio muy inferior al de otros abortivos, es estable a temperatura ambiente y se almacena en una repisa. No sorprende que, aún antes del espaldarazo oficial, la mitad de los abortos colombianos ocurrieran en privado con misoprostol.

La naturaleza informal, popular y doméstica del uso de esta pepa providencial ha hecho que en España, con aborto legal disponible, la interrupción casera sea “el método más popular entre las inmigrantes suramericanas... Se calcula que cada mes, alrededor de 1.000 mujeres, sobre todo brasileñas, colombianas y ecuatorianas interrumpen su embarazo en las primeras semanas introduciéndose en la vagina varias pastillas de misoprostol”.

La esencia del aborto cambió de asunto público a decisión privada, casi íntima. El inatajable misoprostol es como el televisor de Sanandresito que había invadido los hogares antes de la apertura.

 

* Mauricio Rubio

 

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