Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 4 horas
Por: Ana María Cano Posada

Mister funny

EL EMBAJADOR DE LOS ESTADOS Unidos, William R. Brownfield, es todo un personaje. Acostumbrados estábamos a mustios embajadores que tenían alta injerencia en asuntos internos y a sus opiniones drásticas, pero inesperadamente llega este hombre que es harina de otro costal.

Desde que Brownfield entró a la misión diplomática en Colombia en 2007, los medios de comunicación y en especial la televisión y la radio comprendieron que habían encontrado a alguien hecho a su medida. Que no podían dejar escapar una sola monería de quien está dispuesto a ser el más simpático de la fila ni una declaración. La clave de este hombre es que no teme al ridículo, lo ejerce con una desenvoltura que se la quisieran los animadores; es el curubito del entertainment, luce un buen humor de recreacionista y la simplicidad del comediante acostumbrado a las risas grabadas. Un ser de lavar y planchar.

Un día Brownfield les confesó a los periodistas que su pasión secreta era el béisbol y que lo sabía jugar bien. Y accedió a lucir la gorra y el bate y a sonreír con su infaltable cara feliz de no tomar muy en serio nada.  Unos días después emprendió un viaje a pueblos remotos colombianos, llevó regalos, bailó joropo, se hizo familiar a la más rasa colombianidad que no había visto un embajador nunca en su vida y menos al de los Estados Unidos.

Hizo Brownfield una fiesta el cuatro de julio en la Embajada para celebrar el espíritu norteamericano y él mismo la animó. Abrió los parqueaderos para que se llenaran de gente con música y diversión. Paranoia, apártate. Asistió a la General Motors al lanzamiento de un modelo y dejó que lo mostraran como si fuera operario con gafas de protección, conduciendo, mientras contó cómo fue su primer automóvil y cuánto le costó. Estuvo de primero en la celebración del rescate de los tres norteamericanos y en la fila de felicitaciones por el acierto militar colombiano. Devolvió piezas precolombinas de Miami a Colombia. Parece el más accesible, el más ingenuo. Nadie sospecharía de él como enviado del que se considera el temible Imperio. Parece el más inofensivo de todos los embajadores. Pero en especial es el más dispuesto para el periodismo, el que se ha hecho indispensable como medio de contraste, como dosis de liviandad a la cortopunzante actualidad noticiosa del país.

William Brownfield nació en Carolina del Norte pero se considera texano, casado con una filipina, estudió en la Escuela de Guerra y en Cornell. Su experiencia en América Latina, en Venezuela, en Chile, en Argentina, en El Salvador, en Panamá, desde 1979, lo ha curado en estas mentalidades y conoce la atracción que sentimos por quien nos haga reír.

Pero aún más que su figura inconfundible, su lenguaje es objeto de caricatura por la pronunciación que llena de énfasis cada palabra, como si remedara a otro o como si fuera ventrílocuo de un tercero. Entona las frases como si canturreara y termina con una sonrisa de esquina, traviesa. No duda en reírse de cualquier equivocación y la subraya.

El que es el punto más frágil de Colombia, su relación con un socio que lo es en desproporcionado tamaño, tiene en William Brownfield el menos pugnaz, el que casa menos peleas, el que baja el tono de las arduas relaciones para no mirarlas en primer plano y tan en serio como son. Es una estrategia secreta de alto vuelo o es la coincidencia de un popular embajador que no puede ser distinto. Lo que sea, él es muy eficaz.

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