Por: Diana Castro Benetti

Mística

Hay días en los que se amanece más temprano y en los que los sonidos mañaneros anuncian los grandes cambios que se anhelan. Y esos cambios no aparecen con las herramientas técnicas y sistemáticas del destino, sino que asoman de repente y tan súbitos como si fueran un llamado del espíritu. Avisos y anuncios que surgen de un adentro tan adentro que ni siquiera provienen del corazón, la cabeza o el útero. Son instantes, esquivos y sublimes, donde se manifiesta la intemporalidad y donde no caben ni siquiera los pensamientos sobre el pan de cada día. En cada uno de esos segundos se lanza por la borda la férrea voluntad y el sentido propio de lo agnóstico.

El arcano XX en el Tarot no es para los que sólo entienden de razones y voluntades. El Juicio es de esas exclusividades que requieren contraseña y trajes cosidos a base de soplos eternos. En el circuito de los 22 lugares, donde viven los magos, las flores, los caballos y la desolación, el Juicio es el momento que simboliza la evidencia de un mundo más allá de la corporeidad. Quienes hablan de él lo reconocen como uno de los estados de conciencia, una puerta al camino interno y, sin ser alegre, es la renovación y las infinitas posibilidades lejos del ajetreo diario. Es el único instante que se hace carne sin ser del cuerpo y que no permite eludir ni la mística.

El Juicio es la porosidad de los huesos y es inclinarse para aceptar el camino de un maestro; no de uno cualquiera, sino ése que es de uno y que debe ser de cada cual; uno que vaya sin la verdad a cuestas, fuera del oficio, del bus y la estrategia. El Juicio está lejos del dolor y del placer; no tiene memoria del sexo, la religión o el poder y la fama; como tampoco es un acuerdo matrimonial o el nacimiento de un hijo. Es sólo un sonido y casi siempre la imagen de una sencilla invitación de un demonio ascendido a serafín que, extraño y contundente, nos hace resurgir de la tumba para recibir dones de una vida diferente: la iniciación. Y este llamado puede ocurrir en un lugar de veneración o en la mitad de una multitud; en Asís o en las afueras de un colegio; luego de una recaída, hace siglos o antes del último respiro. A veces, nace en la mitad de un puente de la Avenida Constitución, como le ocurrió a Borges, o en el convento de San Marcos, como al beato Angélico. El Juicio sucede, no a tantos, pero sucede. Es el llamado de seres alados, esos mismos que fueron descritos por Emmanuel Swedemborg cualquier día de 1744 cuando, a sus 56 años, le dio la espalda a la ciencia para detallar los arcanos celestes y regalarle al mundo el cómo es que merodean los ángeles.

 

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