Por: Arturo Guerrero

Mito, rito e institución

Las fiestas de fin de año y las largas pausas de Semana Santa son los únicos eventos de verdad masivos en Colombia y en casi todo Occidente. En este par de ocasiones nadie puede apartarse del bostezo universal. Desde hace dos mil años el calendario cambia en Navidad y Año Nuevo, y el mundo es sombrío cuando se recuerda la crucifixión del mesías.

No existen otras fiestas o celebraciones que involucren a todos de modo ineludible y que marquen los paréntesis forzados del tiempo. ¿Quién estableció estas costumbres que nadie es capaz de violar por más de que quiera? ¿Cuál fue el genio en manejo de pueblos y en programación de ritmos, que consiguió uniformar a media humanidad de manera tan rígida?

La respuesta no es difícil. La religión de Jesucristo es la gestora de la parálisis en navidad y semana santa. Y todo gracias a la conmemoración del nacimiento y la muerte del profeta-Dios cuya fuerza no cesa. Ese nacimiento se prolonga hasta la festividad de los Reyes Magos, en intento por incorporar a Oriente y al continente negro. Emparedado entre estas dos fechas, y hecho uno con ellas, queda el año nuevo.

A pesar de que la Semana Santa se ha ido encogiendo, vapuleada por el turismo y las playas, los tres rudos días de cruz y muerte continúan señalando una caída de brazos universal. Así las cosas, el transcurso de la historia se fractura entre el 24 de diciembre y el 6 de enero, lo mismo que entre el jueves y el sábado santo. ¡Así, desde hace dos mil años!

El secreto de tal contundencia es el recurso a las tres llaves que mueven muchedumbres: mito, rito e institución. Luego de que los mitos originarios fundaron pueblos y proporcionaron explicaciones a las tinieblas del miedo, llegaron las religiones y les dieron forma unificada, moral, liturgia e iglesias.

Entonces surgió el rito, una suerte de teatro con música, danza y éxtasis, que satisfizo las urgencias celebratorias de las principales rutinas humanas. Nacer, salir de la infancia, coronar estudios, inaugurar vivienda, plantar un hogar, agradecer la cosecha, darles nombre a los hijos, enterrar a los mayores, morir: para cada ocasión hay un gesto compartido.

Finalmente, se les dio a los mortales una institución que mantuviera aceitada la maquinaria de creencias, cultos y pompas. Fue la iglesia o, mejor con mayúscula, la Iglesia. Sus fastuosas catedrales, pomposos sacerdotes, enmarañadas leyes, astutas interpretaciones del libro fundador y arcas infladas por los fieles, aseguraron con candados el escenario de la gran puesta en escena.

Es complicado explicar la eficacia y longevidad de este sistema triclave. A pesar del desprestigio que la actualidad ha tendido sobre sus bases, las multitudes siguen aferradas a ese atavismo. Ningún caudillo, ningún sistema político, ninguna conmoción planetaria como las guerras mundiales o el holocausto, ninguna hazaña científica como la llegada a la luna, han alterado lo establecido hace dos milenios.

El fascismo, el nazismo, el comunismo, el capitalismo salvaje, intentaron decretar el fin de la historia para inaugurar un mundo alternativo. Todos fracasaron. Y los terrícolas seguimos cantando villancicos y rezando en viernes santo.

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