Mitómanos y canallas

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En campaña se vio al candidato Duque recorrer regiones de comunidades indígenas con los símbolos rituales de las tribus en su frente, con su cara atravesada por los colores de la tierra, con la sonrisa de un cándido insobornable. Levantó niños, abrazó taitas, hizo los bailes típicos de cada zona y se despidió, con cara de pesadumbre y solemnidad, prometiendo volver con el poder sobre su nombre para cumplir las promesas que le asegurarían los votos de la inclusión.

Dos años después los desconoce a todos. No sabe quiénes son ni dónde viven, no reconoce sus muertos acribillados por la ausencia del Estado y los ejércitos irregulares que se niega a combatir, no acepta negociar en las ciudades capitales donde ahora se concentra la minga que busca desde siempre el resarcimiento de la historia y los cumplimientos de esa antigua república que los ignoró después del exterminio de la Colonia.

Desde su palacio, escondido y refugiado del bullicio de la indignación que ha desplegado progresivamente, envía a sus ministros sin rubor para aplazar otras promesas distantes, nuevas argucias y entelequias de una retórica que superará el corto tiempo de su cuatrienio para olvidarlo todo. Conociendo muy bien las causas históricas de sus requerimientos y esperanzas, cada vez más marginadas y excluidas por el centralismo y la soberbia de los burócratas que insisten en el delirio de ser criollos, descendientes de una monarquía luminosa que les heredó las tierras arrasadas para no perderlas jamás, se han adelantado para fulminar sus argumentos con un juicio revictimizante: “la minga está infiltrada por el Eln y disidencias de las Farc”. No podían usar otro insulto distractor para mitigar la bomba social que continuó su marcha hasta Bogotá para exigir un trato digno del presidente que ahora los desconoce. Es el mismo desconocimiento que ha sido progresivo, escalado y brutal por las oficinas del Estado que año tras año, gobierno tras gobierno, ha prometido cumplir con las reivindicaciones históricas ante sus comunidades exterminadas. Les prometieron representaciones y curules simbólicas en el Congreso sin efectos prácticos de inversión del erario público, los manosearon en todos los tiempos que exigían publicidad humana y social ante la comunidad internacional, los contrataban para que asistieran en las sillas representativas de cada posesión presidencial y les dejaban demostrar sus bailes típicos cuando la escena del espectáculo lo necesitaba. Pero en los tiempos crudos y cotidianos del país sin show, invisibilizado en su propia intimidad realista, ya no les significaba más allá que un enorme problema de presupuesto que quisieron postergar con discursos mezquinos. Suficientes convenios importantes tienen el Estado y la nación con los bancos y los gamonales que ascendieron a las capas sociales definitivas para el lobby y la presión; no lo perderán ahora entre regiones que no les devuelven nada más allá de una historia desconocida. Los volverán a llamar y a visitar cuando el interés prevalezca, y una nueva candidatura oficialice su nombre para prometer, por fin, la reconciliación y el sueño con las enseñanzas ancestrales.

Iván Duque intentará ignorar el ruido y la furia hasta que su oficina de prensa se lo permita. Si las llamas y el temor lo obligan a salir, intentará negociar con una firma que traicionará, como bien lo sabe hacer su partido de mitómanos y canallas.

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