Por: Klaus Ziegler

Mitos y creencias populares

Los humanos disfrutamos de la experimentación, los ensayos y las variaciones. Somos científicos natos: observamos regularidades, reconocemos patrones, hacemos conjeturas, relacionamos causas y efectos.

Pero a la hora de sacar conclusiones, el científico intuitivo que llevamos dentro no es el más objetivo ni el más riguroso. Prueba de ello son las incontables creencias erróneas sobre la salud y la fisiología corporal, y toda clase de mitos acerca de los fenómenos naturales.

Buena parte de la medicina precientífica, y algunas de las medicinas alternativas, se fundamentan en la llamada “doctrina de las signaturas”, la cual supone que algunas plantas y animales llevan el signo de sus virtudes terapéuticas en el nombre, o en su similitud con el órgano enfermo que pretenden curar. Galeno recomendaba el cangrejo –carcinos en griego y cáncer en latín– para la cura del carcinoma, por el parecido de este animal con los tumores en estado avanzado. La convicción de que el polvo de cuerno de rinoceronte, o los huesos triturados de felino alivian los problemas de erección, han llevado al borde del exterminio al hermoso tigre de Bengala y al enorme rinoceronte blanco.

En las terapias florales de Edward Bach¬, la flor “impaciencia”, del género Impatiens –denominada originalmente así por su extraordinario mecanismo explosivo para dispersar las semillas–, se recomienda para curar la irritabilidad, la hipertensión y la úlcera gástrica. Ya en el siglo II el historiador romano Lucio Apuleyo preguntaba con razón: “¿Puede haber algo más estúpido que creer que porque las cosas tienen nombres semejantes deben poseer propiedades semejantes?”. 

La fuente de la eterna juventud no solo perdura como metáfora: gran parte de la industria cosmética se dedica a la venta de ungüentos milagrosos que prometen conservarnos jóvenes, o devolvernos la juventud perdida. Se ofrecen cosméticos para “nutrir la piel”; baba de caracol para rejuvenecer el rostro; embriones de pato que “revitalizan las células”… El grueso de la programación matutina de las principales cadenas radiales colombianas consiste en la comercialización irresponsable y desvergonzada de una infinitud de productos fraudulentos: cremas para adelgazar, tratamientos naturistas para la memoria, la menopausia, la infertilidad, la enfermedad de Alzheimer… 

El médico tradicional tampoco se escapa de difundir creencias que se sustentan en falsas analogías, o en malas observaciones. He conocido algunos que atestiguan sin sonrojarse que el hervamatin es la solución definitiva para la alopecia, a pesar de tener la cabeza como bola de billar. Todavía hay dermatólogos que sostienen que el chocolate y las comidas grasas agravan el acné. La lógica parece descansar en la idea intuitiva y errónea de que los lípidos que consumimos de alguna manera terminan acumulándose en las glándulas sebáceas de los folículos pilosos.

Más de un médico advierte que no debe ingerirse alcohol mientras se están tomando antibióticos. Un estudio publicado en la revista British Medical Journal demuestra que el alcohol no interactúa con estos medicamentos, con excepción de los nitroimidazoles. En el mismo artículo se rebaten otros mitos, como aquel que recomienda tomar al menos ocho vasos de agua diarios para mantener una buena salud; o aquel otro que advierte no leer con mala luz porque daña los ojos.

Abundan en el folclor popular infinitud de mitos relacionados con el alcohol. El más común atribuye las peores resacas al “mal hábito” de combinar licores distintos. Se olvida que cuando esto ocurre usualmente se bebe en exceso, pues es típico que después de algunas cervezas y varias botellas de vino se continúe con unos tragos de whiskey, ron o vodka, tal vez seguidos de ginebra, pisco, ron, aguardiente…, y así hasta agotar la existencia. A la mañana siguiente no falta quien atribuya el terrible guayabo a “los pasantes”, a los taninos del vino, o al licor mal destilado. 

 En algunas regiones de la costa caribe colombiana existe la creencia de que mezclar sandía con licor produce una mortífera mixtura capaz de mandar a la cama, sino a su lecho de muerte, a un peso completo.  En cierta ocasión alegué que, si fuese cierto, el fenómeno sería bien conocido, como son los peligros de mezclar alcohol con algunos antiparasitarios. Añadí a mi argumento el hecho de que los cocteles de vino, sandía y limón son comunes en muchos países de Europa, y que se beben sin ninguna prevención como cualquier otro coctel de frutas.

Ante la obstinación de mis contradictores, y como último recurso, partí una gruesa tajada de sandía, tan grande como un plato, y la acompañe con dos vasos generosos de ron, en medio de la irritación de mis anfitriones que no se cansaban de repetir: “ya se lo advertimos”, “nadie lo va a llevar al hospital”… Transcurrida media hora, y al ver que nada extraño me sucedía, uno de los presentes decidido a sostenerse en su punto dio con una idea genial: “Ahora que me acuerdo –dijo–, ¡es la combinación con  aguardiente, no con ron, la que engendra el veneno!”.

En rigor, esa experiencia no refuta la creencia pero al menos la pone en entredicho. Tiempo después leí que la leyenda se había originado en un caluroso pueblo del interior de la costa donde, como es tradicional, las gentes acostumbran calmar la sed al caer la tarde con una jugosa tajada de patilla. Según la explicación, el mito sería fruto de la astucia femenina, del ingenio de alguna mujer costeña hastiada de las continuas borracheras de su marido. Este es, sin duda, el mejor ejemplo de un mito sobre un mito, un metamito.
 

 

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