Por: Gustavo Páez Escobar

Mockus, hace 15 años

En 1995, Mockus fue por primera vez alcalde de Bogotá. Era la revelación del momento: había llegado al cargo por fuera de los partidos, con una mínima inversión publicitaria y con una alta votación en las urnas. La figura del alcalde cívico que representaba entusiasmó a los bogotanos.

E inició un buen gobierno. Dio señales de acierto, y sus métodos novedosos de educación cívica, junto con sus demostraciones de querer acabar con los viejos resabios y sistemas obsoletos, le hicieron ganar la simpatía general. La cultura ciudadana fue uno de sus mayores logros.

Fijó pautas severas para el manejo de las relaciones con el Concejo, a fin de apartarlas del clientelismo y propiciar el ejercicio independiente de los poderes ejecutivo y legislativo. Hubo en su gobierno una disminución en la tasa de los homicidios, se adelantaron jornadas de prevención de violencia familiar, se implantó la ley zanahoria y la gente aprendió a respetar las señales de tránsito y practicar normas de civismo.

Los recursos de la ciudad se manejaron con pulcritud. Incluso, algunos se incrementaron. Creó el pago voluntario del 110% del impuesto predial, que recibió buena respuesta de la ciudadanía. Todo esto era positivo, pero no se veían aparecer las obras que con urgencia pedían los habitantes: la seguridad, el orden en el tránsito, la pavimentación de calles, la eficiencia de los servicios públicos. Como las fórmulas de solución no se daban, vino el desencanto.

Mockus, maestro de la cultura ciudadana, resultó un mal gerente de la ciudad. Los dineros recaudados, en lugar de invertirse en infraestructura y servicio social, se atesoraban en los bancos mientras las necesidades apremiaban. Y la gente protestaba. ¿Dónde está el alcalde, que no se ve?, era el clamor general. No era suficiente que el tesoro público se manejara en una urna de cristal. Había que fomentar el desarrollo urbano, y esto no se hizo.

Mockus manifestó que quienes fallaban eran sus colaboradores. Efectuó  algunos relevos burocráticos, y las cosas siguieron igual. Después de tanto ensayo pedagógico y tanto tiempo perdido, la opinión pública determinó que quien fallaba era la cabeza de la administración. Para decirlo en términos adecuados, se debilitaba la energía y fracasaba la invención. Los reclamos de la gente no se escuchaban en las altas esferas. Todos veían las fallas, menos el alcalde.

Cuando él ha debido afinar los mecanismos y comprometer su mayor esfuerzo para sacar a Bogotá del atolladero, se le acaloró la cabeza con la idea de lanzarse como candidato presidencial en las elecciones de 1998. Por esta época, hace 15 años, cuando iba en la mitad del periodo y le faltaban tantas cosas por ejecutar, se dejó llevar por la ambición. Sin detenerse a pensar en la frustración que ocasionaría a sus electores, abandonó el cargo en abril de 1997. Y no triunfó en las elecciones presidenciales del 98.

Fue alcalde por segunda vez en el 2001. Sus seguidores le perdonaron la falta de lealtad y creyeron en su propósito de la enmienda. Así es la política. Mockus ofreció enderezar las cargas. Corrigió, en efecto, fallas protuberantes del primer periodo y realizó un gobierno superior al que había dejado trunco. En el 2010 volvió a lanzarse como candidato presidencial y estuvo a punto de ganar.

Ahora estamos en el 2011. En vista de que el Partido Verde, del cual fue uno de sus fundadores, no lo escogió como candidato a la Alcaldía de Bogotá, abandonó esta causa y se adhirió a Alianza Social Indígena (hoy Alianza Social Independiente), que le otorgó la nominación que buscaba. Esta candidatura está en vilo por cuanto un ciudadano ha pedido la revocatoria de la inscripción, pues en el Consejo Nacional Electoral no aparece registrada públicamente la renuncia al Partido Verde. Esto configuraría una doble militancia. El caso está por resolverse.

Cabe pensar que de nuevo incurre Mockus en el pecado de la ambición, al no respetar las reglas de juego del Partido Verde y no resignarse a perder. Hoy su anhelo manifiesto es el de volver a ser alcalde de Bogotá. Ese mismo pecado ocurrió hace 15 años, aquella vez halagado con el sueño de ser presidente de la República.

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