Por: Tulio Elí Chinchilla

Modas teóricas

También en el mundo del pensamiento la moda nos impone sus dictados, somete a férrea dictadura, es un poder que doblega de manera irresistible.

Vivir in fashion no es imperativo circunscrito a campos mundanos como el vestido, el baile o la comida; es una actitud que campea en ámbitos intelectuales: lo que hay que saber, los bienes culturales que debemos disfrutar, las discusiones teóricas que deben inquietarnos, los libros que no podemos dejar de leer, los modismos que, aunque gramaticalmente incorrectos, son imprescindibles en ciertos círculos (verbigracia, decir “al interior de” en reemplazo de “en”), la música y los cantantes a escuchar para estar sintonizados con alguna vanguardia cultural. Que los conglomerados humanos jamás se han podido liberar de las modas, lo describe Robert Graves en El conde Belisario con palabras de un personaje del siglo VI: “… esa moda no sería más tonta ni supersticiosa que muchas de las hoy en boga... Y muchas más que han pasado transitoriamente en este siglo fatigoso: modas en barbas, capas, juramentos, juguetes, perfumes, juegos de azar, posturas carnales, expresiones de afecto, afrodisiacos, argumentos y opiniones religiosas, relicarios, dagas, confituras”. Modas las hay éticas, políticas, científicas, lógicas, y cada una de ellas sacraliza ciertos autores.

Es otra terrible manera de controlar o condicionar nuestras preferencias, aún en asuntos tan serios y graves. Sin embargo, tendemos a percibir como intolerable frivolidad caprichosa sólo aquellas modas que moldean las apariencias físicas. Por ejemplo, estamos prestos a censurar el horroroso bluyín deliberadamente decolorado y roto, al igual que los tatuajes; pero, en cambio, no provoca rebeldía esa nueva forma de regalar que denominan “lluvia de sobres”, aunque semejante uso social esconda, por lo menos, un cierto mal gusto. Por extraño que hoy parezca, en algún tiempo el divorciarse fue moda para las parejas (pareja estable se avergonzaba de su persistencia), fumar fue símbolo de hombría, el marxismo fue dogma en universidades. Y nada obsta para que retornen: la moda es cíclica y se alimenta de revivir el pasado. Una heroica resistencia a toda moda —sea tecnológica, intelectual o estética— no parece razonable. Dicen que Borges dijo que sólo debería leerse aquel autor que ha logrado pasar la prueba del tiempo. Pero, entonces, ¿cómo distinguir lo nuevo que relumbra en el instante, de aquello que quedará como ganancia para la posteridad? ¿Quién catará las innovaciones? Negarse a leer autores del momento nos priva del descubrimiento de nuevas creaciones del espíritu —las que abren nuevos horizontes— y nos ancla en lo ya canonizado.

Lo aconsejable sería no confiar ciegamente en la última moda, no utilizarla como criterio principal o único de validez (de belleza, bondad y justicia), resistir a la tiranía que relega todo lo clásico al cuarto de la irrelevancia. Un jurista, por ejemplo, debería estar leyendo a Alexy, sin dejar nunca de leer a Kelsen. Un autor nuevo por cada dos añejos. Al fin y al cabo la obsesión por la última moda condena a vivir a la penúltima.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Tulio Elí Chinchilla