Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Moderados y radicales

El siempre festivo Daniel Samper Ospina —y cómo nos hace de falta la risa en estos tiempos— lanzó hace unos días una campaña pidiendo a Duque hacer lo de Juan Guaidó: autoproclamarse presidente de la República. Estuve a punto de suscribirla, pero algo me lo impedía. El miércoles finalmente entendí por qué: ya no estoy seguro de que el tutor sea peor, siquiera más radical, que el discípulo.

Claro: en punto a radicalidad las cosas dentro del Centro Democrático son de difícil interpretación. Los otros días me enteré por boca de la —por demás excelente— periodista política Camila Zuluaga que Paloma Valencia, una persona de una mala fe inverosímil y que destila litros de odio por minuto, encabezaba el ala moderada de esa agrupación. Ya iba a soltar una carcajada de estupor, cuando pasó la imagen de la Cabal; entonces entendí por qué lo decía. Y todavía hay buenas almas que se hacen cruces cuando uno dice que el uribismo es extremista.

Como lo es, haber elegido a un presidente suyo puede producir daños irreparables: ojalá esta lección se la graben bien en la cabeza los ciudadanos, y los políticos, que sientan algún afecto por las nociones de libertad, decencia básica y respeto a la vida. Vean ustedes lo de Duque: durante la campaña juró y rejuró que era de “extremo centro”, un chiste flojillo pero tranquilizador para muchos. Pues cualquier barniz de centrismo que pudiera tener se desgastó después de nombrar un gabinete que en todo caso ya estaba bastante a la derecha. Fíjense en lo que pasó con Trump: el presidente de Estados Unidos dijo que estaba considerando la idea de mandar 5.000 soldados a Colombia, y a este pobre subalterno que tenemos en el solio de Bolívar no se le ocurre decir esta boca es mía. Hablan de mandar soldados acá, y los personeros del Estado colombiano miran para otro lado, como si la cosa no fuera con ellos. Probablemente porque es verdad: no lo es. Son otros los que deciden. Pregúntense: ¿Uribe alguna vez llegó tan lejos? Está lo de las bases, pero no creo que tenga comparación con este episodio.

Esta tormenta que está cultivando este grupo de ineptos e irresponsables extremistas puede barrernos a todos. Permítanme insistir en el siguiente sencillo punto: el paisaje que queda después de una invasión gringa no es bonito, ni para el blanco ni para sus vecinos (¡y en todo caso nótese que se está hablando del envío de soldados a Colombia, no a Venezuela!). Eso sí, la guerrilla tiene que estar feliz con la bandera nacionalista que le acaba de brindar en bandeja el señor Duque.

Así que para no ahondar la depresión cambiemos de tercio, y concentrémonos en otro tema: el nombramiento del director del Centro Nacional de Memoria Histórica. Como lo dije en otra columna, los antecesores de esta institución fueron creados por Uribe. Eduardo Pizarro estaba encargado de encabezar la Comisión Nacional de Reparación; Gonzalo Sánchez, de echar a andar el Grupo de Memoria. Éste último llegó a tener enorme éxito. En vista de esto Santos creó el Centro, pero en realidad el Grupo llevaba casi diez años trabajando bajo las narices de Uribe. Que yo sepa el caudillo no protestó. No es que Uribe, estimado lector, alguna vez haya cultivado aspiraciones centristas. Es que le sobra seguridad en sí mismo y ha sabido hacer apuestas grandes a lo largo de su carrera.

Duque, que no es moderado pero sí liviano y débil, tiembla en cambio a la hora de poner a alguien que pueda suscitar las iras de su entorno: ese entorno en el que Paloma Valencia pasa por moderada. Y entonces pone a un personaje que trató de hacer carrera a punta de negar que hubiera habido conflicto o hubiera memoria por reconstruir. Y este es apenas el comienzo. Comparen y saquen conclusiones.

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2019-02-15T00:00:55-05:00

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