Por: Columnista invitado

¿Modernidad así? No thanks, mister

Según cuenta la Silla Vacía, los intelectuales colombianos se alebrestaron cuando James Robinson, profesor de Harvard, se preguntó en un artículo en El Espectador cómo modernizar a Colombia.

En líneas generales, el académico de origen inglés afirma que muchas sociedades resolvieron su problema rural “ignorándolo y dejándolo marchitar” y que la solución reside más en educación que en devolución de tierras. Aseveraciones interesantes, sobre todo porque están en la agenda de La Habana.

La respuesta a cómo modernizarnos merecería décadas de debate y madurez. Sin embargo, desde el instinto, hay una pregunta anterior: ¿hemos de modernizarnos?

Porque desde mi ignorancia de la economía, el concepto de modernización en un sistema neoliberal se está resquebrajando y ha producido todo lo contrario, las antípodas de lo que podríamos concebir como un planeta sano o un país en verdadero desarrollo sostenible. Hasta el momento, nuestra idea de modernización nos ha conducido a la urbanización rápida, extrema y caótica. La población colombiana ya es urbana en casi un 80 por ciento. El desplazamiento del campo a la ciudad ha sido sinónimo de cinturones de miseria, violencia urbana, pérdida de toda identidad ligada al territorio, niños encerrados en apartamentos o covachas y esclavitudes disfrazadas de salario. Hay analistas que afirman que hemos reemplazado la pobreza tradicional por una forma más moderna de miseria. Más grave: hay quienes piensan que nos inventamos la pobreza.

No. No creo que nuestro futuro deba ser urbano. En este punto de la civilización occidental sabemos que hay demasiadas enfermedades físicas y espirituales en la urbe: radiación electromagnética, hacinamiento, pérdida de contacto con la naturaleza, estrés, soledad, depresión, ahogo, pandillas...

Además, si los colombianos no repoblamos el campo y nos repartimos de manera equitativa nuestras tierras, ocupados como estamos en dejarlo marchitar, los terratenientes, cuyos intereses y codicias no se marchitan, lo transformarán en lo que las corporaciones anónimas y extraterritoriales sueñan para el mundo moderno: monocultivos, extracción indiscriminada de metales, productos genéticamente modificados, una biodiversidad bajo patentes y agua embotellada. En un país que alberga todavía más de 80 etnias vivas cuya cultura y subsistencia dependen del territorio, es un crimen permitir que sus tradiciones ligadas a cada montaña y cada río terminen también por marchitarse. Abandonar el campo es abandonar la vida: el agua, el alimento, la conexión primordial que hace nación y nos liga al planeta. Quizás esa sea la verdadera ventaja de no ser tan modernos, que podemos reversar mas rápido el proceso.

Pensando en eso, alguien como José Antonio Ocampo, exministro de Agricultura y director de la Misión Rural —que acaba de entregarle al presidente sus informes—, insiste también en este diario en que “es muy claro que el conflicto en Colombia exige resolver su problema agrario. Poco menos del 5% de los propietarios del país concentra el 55% de la tierra, según datos del IGAC una de las tasas de concentración más altas del mundo”, y se pregunta con toda la razón lo que muchos pensamos: “¿Sinceramente cree Robinson que Colombia puede ser una sociedad plenamente democrática, próspera, pacífica y mínimamente equitativa sin cambiar estos números?”. ¿Es esta la modernidad que nos proponen?

 

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