Por: Nicolás Rodríguez

Modernizar el Congreso para acabar con la democracia

En manos de 125 tabletas Samsung Galaxy Tab 2, en las que podrán jugar varios tipos de solitario, quedó en buena parte el deseo autodecretado de modernizarse en que ha incurrido recientemente el Senado.

El futuro de la democracia pende de un minicomputador portátil con capacidad para pegar y copiar lo que los asistentes copian y pegan después de usar algún traductor. E incluso el congresista pilo e inquieto podrá traducir él mismo lo que desea copiar. Hasta bilingüe será la democracia.

En opinión de la gestora del brinco tecnológico, el préstamo regalado que con su presupuesto la corporación les hace a nuestros senadores permitirá que la eficiencia administrativa incremente. Los estudios politológicos quedan advertidos: existe una correlación positiva entre los juegos modernos de la culebrita y el buen comportamiento legislativo e institucional de un país.

En la mitad de este anecdótico episodio, pequeño como una tableta, no faltaron las voces de rechazo. Provenientes de algunos indignados e incluso de sectores del periodismo que opina y estimula el debate, varios cortaron por lo sano: para qué reformar el Congreso si se lo puede cerrar. Contundentes.

En síntesis: no importa cuán discutible o bochornosa sea una idea, siempre habrá espacio para una peor. Si de mejorar el Congreso se trata, habría que pensar en preocuparse, antes, por defender lo que hay de democracia.

Para qué importunarse, pues, por argumentos demagógicos que suponen que un dispositivo electrónico que los senadores usarán para mantener quietos a sus hijos (que pronto serán futuros congresistas) los hará más serios y aplicados, si de todas formas muchos preferirían que no hubiese Congreso.

Y que en su lugar, les falta agregar, se construyera una cárcel que los albergara a todos.

 

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