Por: Luis Fernando Medina

¿Cómo Modernizar a los Modernizadores?

Como ya pasó la campaña electoral, los críticos del proceso de paz han archivado las críticas más estridentes y fantasiosas (¡castrochavismo!, ¡entrega del país!) y ahora han surgido voces más inteligentes, con críticas más basadas en el análisis, con un lenguaje que ya no está dedicado a exaltar a las masas sino a invitar al debate.

Dos exponentes recientes son Mauricio Rubio y James Robinson y, curiosamente, ambos coinciden en la misma crítica: las ideas de política agraria que se han discutido en La Habana son retrógradas, reminiscentes de los años 60s. ¿No sería mejor, preguntan ellos, hablar de otros temas como migración de los combatientes hacia las ciudades (Rubio) o educación (Robinson)? El artículo de Robinson, por ser más largo, es más detallado: ¿no sería mejor simplemente dejar de hablar sobre reforma agraria y enfocarnos en cosas que aumenten la productividad de la economía, como por ejemplo, otra vez, la educación?

Antes de entrar a discutir la sustancia de los argumentos, ocupémonos un poco de las preguntas retóricas. ¿Por qué no se habla en La Habana sobre estos temas tan importantes? La respuesta es muy sencilla y sospecho que ambos analistas la saben: porque aunque hay muchísimos temas muy importantes para el país, la única posibilidad de tener un proceso de negociación viable era con una agenda limitada. Y como había que limitar la agenda, había que hablar sobre aquellas cosas que las dos partes aceptaran hablar. Estoy seguro de que si, siguiendo las admoniciones de Robinson, se estuviera hablando sobre educación en La Habana muchos críticos, empezando por él, estarían poniendo el grito en el cielo.

Esto ya nos alerta sobre un problema conceptual. Los diálogos de La Habana no tienen por objeto modernizar el país, ni hacer que fluyan ríos de leche y miel, ni lograr que Falcao se reencuentre con el gol. El objetivo de los diálogos de La Habana es poner fin al conflicto con las FARC. No es poca cosa, pero tampoco lo es todo. Como las FARC son una guerrilla campesina, asentada en la periferia agraria del país, los diálogos de paz están construidos sobre la premisa de que el primer paso para poner fin al conflicto armado es buscar un arreglo político y económico que sea aceptable para ambas partes. Y parece que se está logrando. Parece que las FARC han aceptado ya fórmulas tales como las Zonas de Reserva Campesina, combinadas con políticas de gasto público y sustitución de cultivos, todo eso combinado con algunos espacios para la participación política de movimientos sociales. ¿Puede esto resolver el conflicto? Parece que sí. ¿Modernizaría al país? No sabemos. Pero ¿por qué le estamos pidiendo eso a los diálogos? ¿No basta por ahora con resolver por ahora la principal fuente de violencia política en el país? ¿No sería más fácil acometer cualquier futuro proyecto de modernización del país, el de Robinson, el mío, el suyo, sin que existan los niveles de violencia que hay hoy en día?

Pero, ya entrados a hablar de modernización, llama la atención que lo que Robinson propone como solución "moderna" es bastante vieja. El argumento de Robinson en contra del programa agrario que está surgiendo en La Habana (yo no lo llamaría "reforma agraria" como hace él) es el mismo que planteó el Partido Conservador de Misael Pastrana bajo la tutela intelectual de Lauchlin Currie: que el futuro está en las ciudades. La base del Pacto de Chicoral era, precisamente, que no tenía sentido una reforma agraria que mantuviera a la gente en el campo, cuando en realidad, tarde o temprano terminarían todos por irse a las ciudades que es donde está la verdadera modernidad. Ya sabemos cómo terminó aquello. No es gratuito que los gobiernos posteriores lanzaran planes que a Rubio le parecen antediluvianos como el DRI o el PNR, precisamente para responder a la realidad de que si bien la migración campo-ciudad es un hecho, no estaba ocurriendo a un ritmo suficientemente rápido como para que pudiéramos decir que el problema agrario estaba ya resuelto.

La razón por la que estamos, según los críticos, reviviendo ideas de los 60s es porque, aunque a todos nos guste posar de modernos, el problema agrario es, con algunos matices, el mismo siempre. Las sociedades industriales modernas tienen un porcentaje ínfimo de su población dedicado a la agricultura. Esa era la observación de Currie y tenía razón. Entonces, si el Tercer Mundo se quiere "modernizar" siguiendo el mismo modelo tiene que ser capaz de movilizar enormes porcentajes de su población hacia las ciudades. Pero para lograr eso se necesita generar economías altamente productivas en las ciudades y son pocos los países del Tercer Mundo que lo han logrado. Para empeorar las cosas, en Colombia hemos vivido un proceso de "reprimarización" de la economía que privilegia la minería y los recursos naturales. De modo que si vamos a tomarnos en serio la propuesta de Robinson nos tocaría comenzar por revertir ese proceso.

Por supuesto que, como observa Robinson, una opción para resolver el problema agrario es no hacer nada. Esa fue la solución del Sur segregacionista en Estados Unidos, como él mismo lo dice. Pero tomó 90 años, apuntaló un régimen de partido único y una mezcla de corrupción y represión política infames que ningún estadounidense hoy consideraría un modelo para nadie. La única razón intelectualmente honesta para que Robinson defienda esa opción es que, según él, lo demás es inviable. Puede ser. Pero ¿por qué es inviable? ¿Hay acaso alguna ley natural que impida atender algunos problemas de tenencia de la tierra en algunas zonas del país? No. La razón es política. Pero entonces, ¿no sería mejor decirlo honestamente? ¿Por qué disfrazar de ley inexorable de las sociedades, recubierta con brillantes pergaminos académicos, lo que no es más que, como siempre, una mezcla de corrupción y cobardía?

 

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