Por: Humberto de la Calle

Molano y la libertad de expresión

EL PROCESO QUE ADELANTA LA FIScalía contra el columnista Alfredo Molano es una seria amenaza contra la libertad de expresión.

Esto lo digo como ciudadano, no como columnista de este diario. En efecto, lo que está en juego no es un asunto profesional ni sólo una controversia sobre el papel de la prensa en una sociedad democrática. Es mucho más que eso. No se trata de formar un sindicato de periodistas que aliente para sí una especie de fuero, sino de reivindicar el derecho de todos a pensar y a expresarse libremente por cualquier medio.

 De hecho, apenas si he visto fugazmente a Molano. Por cierto, es crecido el número de veces que discrepo de sus puntos de vista. Pero precisamente, como dijo el juez Holmes, “La libertad de pensamiento no es para los que piensan como uno, sino para aquel pensamiento que nosotros odiamos”.

De modo que el único y verdadero título que invoco para escribir esta columna es mi condición de ciudadano severamente calumniado varias veces en el transcurso de mi vida pública. Pese a eso, pese a las cicatrices que he sufrido, y quizás precisamente por ellas, reivindico el derecho de todos a pensar, opinar y expresarse, porque la necesidad de la sociedad de informarse libremente supera el riesgo de cometer alguna injusticia individual.

No sostengo que ese derecho carezca de límites, pero el examen cuidadoso de la columna cuestionada permite concluir que corresponde al ejercicio legítimo de la crítica social, el cual debe ser protegido y arropado como elemento esencial de una configuración verdaderamente democrática. Creo que la libertad de expresión es la matriz de las demás libertades.

Los segmentos de la columna tienen como destinatario “los notables” del Cesar. Además de que la referencia es claramente impersonal, la descripción que hace Molano, por cierto, es aplicable a muchas regiones de Colombia. Se trata de un esquema netamente feudal, en el cual, quienes ostentan el poder económico y el político, que allí y en otros lugares se entremezclan impúdicamente, impiden en la práctica el auténtico ejercicio de la ciudadanía a millares de personas que son, apenas, mesnadas electorales.

Como registrador fui testigo del manejo de corraleja que se daba a los electores de La Guajira. Tuve que enviar dactiloscopistas para asegurar la identidad de los electores, confundidos como ganado para votar ciegamente por el dirigente de turno, con la esperanza puesta en la botella de ron. Y no sólo allí. En muchos sitios el clientelismo arrebata a las personas sus derechos fundamentales para canjearlos por apoyos electorales espurios.

De modo que, además de la libertad de expresarse, Molano ejerce también una tarea de crítica social que es igualmente valiosa. Pobre sociedad aquella que silencia su conciencia, así sea una conciencia exagerada.

En el plano jurídico, la técnica usada por la Fiscalía, que consiste en llenar con nombres propios no usados por Molano la expresión genérica relativa a los notables, es particularmente peligrosa. Para configurar el presunto delito, allí donde dice “los notables”, la Fiscalía lee “los Araújo”. El mismo artificio se utilizó por parte de los denunciantes de SoHo y Fernando Vallejo. Donde se decía “católico” debía leerse los “denunciantes fulano y perencejo”. Por fortuna no prosperó la jugada. Espero que tampoco lo haga en el caso de Molano.

 

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