Por: Columnista invitado

Moldes, modelaciones y autodeterminaciones

“Rompí mi vestido”, me dijo entre lágrimas esa mañana Julia.

Debíamos bailar delante de todo el colegio con unos vestidos ajustados que nos había traído el maestro de danza a todas las niñas del salón. “Sal de ahí y déjame ver, tal vez lo arreglemos”, le respondí. “Está muy roto, es porque soy gorda y no me queda la ropa”, sollozaba sin abrir la puerta. Absorta, me quedé detallándome el cuerpo y fue la primera vez en mi vida que me interrogué por la percepción que tenían los demás sobre mi peso. No supe qué decirle porque en mi casa nunca se había mencionado ningún problema con mi peso o el de mis hermanos. Nos llamaron los sacerdotes por el micrófono y yo le dije a Julia que si quería le pasaba el uniforme y se quedara en el baño diciendo que estaba enferma. Así lo hice y me fui dejándola sola, no volví por ella después de bailar, aunque no dejé de pensar en su tristeza, no volví por ella porque no entendía qué estaba mal con ser gorda.

Volví a mi casa confundida esa tarde. Mi mamá me sirvió el almuerzo y mientras veía mi plato le pregunté si esa comida me engordaba. Ella se dio vuelta, abrió los ojos y me dijo que yo era una niña y no tenía por qué preocuparme por eso. Rompí en llanto y le hablé de Julia, le dije que me sentía terrible por haberla dejado sola en el baño y que después de eso todo el día había observado a las otras niñas y había reflexionado si mi peso era como el de ellas o como el de Julia y que en definitiva no entendía por qué el de Julia estaba mal.

Ese día nació para mí la importancia de la aceptación de mi cuerpo en los ojos de los demás. Supe que no bastaba con cumplir con los deberes , también había que parecer bonita, y eso no tenía que ver con ser una niña gorda. Supe que mi talla y la talla de Julia fueron más importantes el día del baile que el baile, supe que las niñas con cabellos cortos o actitudes inadecuadas también podrían estar catalogadas como feas. Y mis inseguridades se alimentaron cada día, ya no fue cómoda mi ropa, poco a poco encontré miles de defectos, ese lunar junto a mi boca era extraño y mi cabello siempre alborotado no se veía bien. También era gorda, y usaba lentes y mi tono de piel era mucho más oscuro que el de otras chicas, no, no, en definitiva iba a ser una mujer fea, como Julia, como las mujeres de mi barrio, como muchas mujeres. ¿Y la perfección? ¿La delgada y peinada perfección? ¿Por qué eran tan valiosas, por qué? ¿Por qué no me dejaban ser valiosa a mí también? ¿Y a Julia, a Julia que lloraba mientras trataba de matarse de hambre? ¿Por qué no era valioso existir fuera del estereotipo?

Después de años de marcas de ropa, vestidos de baño, dietas y cremas como única respuesta social a mis interrogantes para salvar la aparente fealdad con la que nacimos todas las mujeres, la adolescente que fui caminaba por una biblioteca, y un pequeño libro brilló: La mujer rota. Horas después y devorado el libro le dije a la que fui: nunca más serás una de las protagonistas de estas historias.

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