Por: Valentina Coccia

Momentos futbolísticos

Una de las cosas que se sale totalmente de mi comprensión es la pasión que el mundo entero siente por el fútbol. En época de mundiales millones de personas se sientan expectantes ante un televisor para no perderse ni una de las transmisiones. En varias partes del mundo se levantan a horas inauditas para ver el juego, o se acuestan apenas un par de horas antes de ir al trabajo con tal de no perderse el partido. A Rusia viajaron millones de personas que vaciaron sus bolsillos con tal de vivir el mundial en vivo y en directo. Es impresionante ver como cuando hay un gol la ciudad entera se alza en un revuelo; en todas las casas, desde la más humilde hasta la más pudiente, la gente se emociona sintiendo su corazón que late: “¡¡GOL!!”.

Aunque la mayoría del tiempo para mí el fútbol es incomprensible, me encanta observar cómo en época de mundiales (o en época de Champions league, de Copa Europea, o Suramericana) los momentos de felicidad absoluta proliferan en los rostros o en la vida de la gente. Imbuirse en un partido de fútbol implica vivir el presente sintiendo la emoción de la  expectativa, meterse en el cuerpo de los jugadores, sentir como ellos el ardor en las piernas, la fuerza de una patada o el sudor que corre por sus caras, y es, aún más, compartir el gozo de una victoria colectiva, o la solidaridad por una pérdida conjunta. Cuando los jugadores ganan, corren y se abrazan en efusivas muestras de afecto, los hinchas en el estadio, en los hogares o en las plazas del mundo, también estallan de gozo, abrazan a familiares, amigos y completos desconocidos y por un momento experimentan la dicha de un deseo cumplido.

En cambio, cuando los jugadores pierden, los hinchas sienten la misma tristeza que sus ídolos en el estadio. Muchos enfurecen y tienen ganas de tirar a la basura la camiseta para nunca más volver a ver un partido. Otros sienten una honda tristeza, algunos incluso estallan en llanto. Otros rebosan de odio contra el equipo contrincante y se despierta en ellos el instinto asesino que no conocían. En cambio, muchas otras personas perdonan muy rápido, aceptan la superioridad del equipo contrincante y desde lo más profundo del corazón le mandan apoyo, amor infinito y ánimos incansables a los jugadores que no salieron victoriosos.

¿Qué nos hace entonces el fútbol? Sin duda alguna despierta en nosotros los instintos más básicos y más maravillosos de nuestra humanidad. Por un momento nos abstrae de nuestras insatisfacciones, de nuestra hipocresía del día a día, de todo aquello que debemos tolerar con paciencia, del esfuerzo, la frustración y el cansancio, y por un instante nos permite actuar con toda sinceridad. El fútbol nos da la oportunidad de abstraernos de nuestro profesionalismo cuando vemos el partido en la oficina; nos abre la cancha para poder darle un abrazo a nuestro padre o nuestra madre cuando nuestro equipo favorito mete gol; nos permite reunirnos con amigos que hace mucho tiempo no veíamos, enfadarnos hasta más no poder, gritar sin medida, saltar y correr de dicha o lanzar improperios sin preocuparnos por quién tenemos al lado. El fútbol, así sea por unos breves instantes, nos permite desenjaular nuestra humanidad y vivir plenamente, sintiendo en lo más profundo de nosotros cómo vibra una vida que la mayor parte del tiempo desconocemos.

@valentinacocci4 

valentinacoccia.elespectador@gmail.com

 

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