Momentos Kodak y los cuatro vejetes

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De pequeña me exigían que sonriera ante las cámaras. Me gritaban que “güisqui” o que “chis”, como si no entendiera lo que se me pedía. A las mujeres, claro, la sonrisa se nos sigue exigiendo —y no solo en las fotos—. Pero es cierto que los hombres también pelan seguido y gozosos su dentadura. La historia no fue siempre esta. Al contrario, lo común era el registro de rostros solemnes. Algunos dicen que era por la lentitud de las cámaras y la dificultad de mantener la sonrisa. Otros que los estándares de decoro favorecían el control de las expresiones faciales y los estándares de belleza privilegiaban las bocas pequeñas. Estaba también la idea de que las sonrisas eran de borrachos, de ignorantes o de niños. Finalmente hay quienes insisten que la pólvora de las primeras máquinas sorprendía a los fotografiados y que las caras no eran tanto de solemnidad sino de susto.

De cualquier forma, hubo un cambio de la pose requerida con la producción masiva de máquinas fotográficas y las respectivas campañas de mercadeo. Kodak llevó la delantera enfatizando el placer de la fotografía y su “Guarda tus momentos felices con Kodak”. Las fotos que se comenzaron a publicitar eran de familias en vacaciones, celebraciones y festividades. Y bueno, si se espera que todos estos momentos sean felices, ¿entonces por qué no registrarlos como tales? Pero más allá de la genealogía de la sonrisa fotográfica, el mensaje hoy es claro: espontánea o posada, la sonrisa expresa celebración, emoción, agrado, júbilo o cualquier otro sentimiento gozoso. Quién sabe qué esté ocurriendo al interior de los corazones, pero lo que otros ven, porque ese es el mensaje regulado en el lenguaje, es algún tipo de placer.

Y quizá fue por esto por lo que las imágenes de Abu Ghraib que circularon por el mundo hace 15 años revolcaron tantos estómagos. Sí, fueron horribles por la tortura que denunciaron. Por supuesto, fue pavoroso ver cuerpos apilados en pirámides o prisioneros con capucha conectados a cables eléctricos o colgados de los pies del techo o con su cara a centímetros de un perro rabioso. Pero lo más horrible y espeluznante fue la sonrisa de los soldados americanos. Las fotografías no reflejan el horror de una guerra a la cual fueron arrastrados combatientes de lado y lado. No había rastro de tragedia en los registros. De lo que se trató fue de la maldad gozosa de uniformados con gafas oscuras disfrutando del horror que impartían.

La reciente imagen de Santrich, Márquez, Romaña y el Paisa tiene el mismo tono. Los cuatro hombres se ven relajados, tranquilos, en lo que sería la típica pose de celebración de oficina. Bien podrían estar en una publicidad con el subtítulo: “comparte los momentos, comparte la vida”. Pero en el mensaje también están los uniformes y los rifles automáticos cuyo propósito es todo menos el de la defensa propia. Que es por Uribe, que por la renuncia de Duque, dicen. Pero cualquier razón que den se ahoga en el festejo risueño que parece producirles la vuelta a la guerra, el gozo del regreso al negocio de la muerte. Nada de corazón pesado, nada de tristeza o necesidad, ni siquiera rastros de ira. Solo risas, contentos de volver a lo que saben hacer, que claramente no es política. No después de esa foto.

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