Por: Hugo Sabogal
Beber

Momentos para el coñac

Una reciente convalecencia causada por la reparación del manguito rotador me puso de nuevo ante las bondades del coñac. Un reencuentro similar tuve hace pocos días con el Jerez, a propósito de su magnífico papel en la gastronomía. Jerez y coñac son bebidas con raigambre y llenas de profusas complacencias a lo largo de sus varios milenios y siglos de existencia. Quien renovó este lazo de cercanía con el coñac fue mi amigo y colega José Rafael Arango, quien, con su sapiencia y don de aparecer siempre en el momento oportuno, me dejó en la puerta de la casa una botella con este sencillo deseo: “Mejórate rápido”.

Consumido con moderación, el coñac es uno de los grandes elíxires creados por el hombre para regenerar cuerpo y espíritu. Vio la luz en el siglo XVI con la llegada de colonos holandeses a la población de Coñac, en el suroeste de Francia. Su objetivo inicial era establecer una cadena de comercio basada en vino, maderas y sal marina. Al querer exportar los vinos de la zona, notaron que se arruinaban con facilidad y esto les obligó a destilarlos para alargar su vida útil. La bebida obtenida resultó ser áspera. Pronto descubrieron, sin embargo, que una segunda destilación la refinaba al punto de hacerla sedosa. Esto no impidió que la bautizaron con el nombre de brandewijn, o sea, “vino quemado”, expresión que dio origen a la palabra brandy. En el fondo, el coñac es un brandy, aunque no todo brandy es un coñac, a menos que se elabore en el distrito francés del mismo nombre.

Antes que lanzarme a reseñar las complejidades de las áreas de producción del coñac, mencionaré solamente sus tres tipos principales: VS (Very Special), VSOP (Very Superior Old Pale) y, finalmente, Napoleon, XO, Hors d’Âgé o Very Special Superior Old Pale Extra Old. Todos parten de la utilización de tres uvas autóctonas: Ugni Blanc, Folle Blanche y Colombard. Sus características de evolución giran alrededor de sus períodos de añejamiento después de la destilación. Esto es, dos años y medio, cuatro años y medio, y seis años y medio, en términos generales.

Lo que inspiró a José Rafael fue el efecto restaurador de un coñac VS para mi convalecencia. Durante siglos, dicho destilado ha sido catalogado como agente benéfico para la salud. El coñac es rico en antioxidantes y, como tal, evita que los radicales libres afecten las células. Si tal desenlace ocurre, las arterias se bloquean, incrementando el riesgo de infarto y de algunas dolencias cancerígenas. Igualmente, según investigaciones científicas disponibles, puede evitar afecciones como la diabetes tipo 2 y los cálculos biliares.

Además, reconforta el espíritu y puede beberse solo o en compañía. Y es un cómplice ideal para el goce de la lectura o el deleite de una película. O sea, a todo lo que me he dedicado con una pequeña dosis diaria de coñac. Hablando de cine, Volver a Borgoña, del director Cédric Klapisch, es una buena manera de penetrar en el mundo del vino francés, como actividad ancestral y como destino inevitable y obligante para quienes irrumpen en su órbita. Frente a otras cintas de su género, esta muestra la realidad de una familia viñatera común, enraizada en el arte de hacer vinos honestos y perdurables.

 

 

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