Por: César Ferrari

Moneda única y desarrollo regional

Uno de los grandes problemas que existe en las sociedades latinoamericanas es la inequidad en la distribución del ingreso: muchas personas perciben poco de los resultados del proceso productivo, muy pocas obtienen mucho. Dicha inequidad ha sido debatida por analistas y políticos y pareciera estar en la agenda de estos últimos desde hace varios años, aunque hasta la fecha no hayan logrado mayores éxitos para su superación.

Una dimensión de esa inequidad, mucho menos mencionada, se refiere a su distribución territorial: los residentes de muchos territorios reciben muy poco del ingreso nacional, no importa el esfuerzo, el trabajo y el empeño que pongan. Una distribución territorial así no solo es inequitativa, es además injusta porque los residentes de esos territorios no tienen nada o muy poco que ver con la manera como esta se define.

La definición de esa distribución está ligada a los precios básicos de la economía: tasa de cambio, tasas de interés, salarios e impuestos: son ellos, junto con la eficiencia con que se manejan los factores e insumos empleados en el proceso productivo, los que, en gran medida, definen la competitividad de las actividades económicas locales. La eficiencia productiva depende también de la infraestructura que exista en el territorio: si no existen carreteras, la única manera de sacar los productos a los mercados es a lomo de mula y ello implica menos que llevar, en tiempos más prolongados.

La cuestión es que si las actividades económicas no son suficientemente competitivas no hacen viable el desarrollo regional pues no logran vender los bienes y servicios que producen y, por lo tanto, no tiene sentido producirlos ni contratar gente para ese menester. Así, esas personas en esos territorios no perciben ningún ingreso y para poder sobrevivir, con el escaso o casi nulo capital que poseen, acaban inventando una actividad de muy baja productividad que les permita un ingreso precario, o desarrollando una actividad ilegal que les reporte ingresos extraordinarios.

De tal modo, la definición de los precios básicos resulta crucial para el desarrollo regional. Las políticas económicas juegan un papel importante en esa definición. En particular, las políticas monetarias y regulatorias inciden en la definición de la tasa de cambio y las tasas de interés, pero estas corresponden a mercados de índole nacional. Los salarios sí acaban siendo definidos diferenciadamente por las condiciones locales debido a la difícil movilidad de los trabajadores entre los diversos territorios. También es posible establecer impuestos diferenciados por territorio.

La tasa de cambio entre la moneda nacional y la extranjera es uno de los elementos más importantes en la definición de la competitividad: una mayor tasa de cambio siempre vuelve más competitiva la producción nacional para exportar o competir con importaciones. En países, o agrupaciones de países con moneda única, como la Zona Euro, quien define la tasa de cambio son las regiones o países, respectivamente, donde se originan los mayores flujos de comercio de exportación e importación o de capitales de ingreso y salida. Esa tasa de cambio resulta compatible con la productividad de esas exportaciones e importaciones más significativas. Y si los flujos originados en las otras regiones del país o en los otros países miembros de la zona monetaria son de menor productividad, la tasa de cambio resulta incompatible con esta.

Es el caso de Grecia, Portugal y los otros países de la Zona Euro con menores flujos de comercio y de capitales, de mucha menor productividad, con respecto a Alemania y Francia, con mayores flujos y con una productividad mucho más elevada porque sus stocks de capital y de conocimiento son mucho mayores. Así, la tasa de cambio la definen los flujos alemanes y franceses en forma compatible con sus niveles de productividad. Esa es la dificultad fundamental de la Zona Euro.

Es también el caso de los diversos territorios de un país como Colombia cuya principal fuente de exportación son los hidrocarburos y el carbón oriundos de determinados territorios, y la mayor fuente de las importaciones son el consumo y la producción de las grandes ciudades. Así, la tasa de cambio se define a partir de dichos flujos, al margen de lo que acontezca con el comercio internacional y los flujos de capitales del resto del país.

Es lo que se conoce como la enfermedad holandesa: la tasa de cambio así definida acaba haciendo inviables no solo las otras actividades económicas, sino los otros territorios de menor productividad. Por eso los territorios y las regiones más pobres, con menores stocks de capital y conocimiento, por lo tanto con menor productividad, son al mismo tiempo las que menos actividad económica desarrollan.

Pero como no es deseable eliminar la moneda única y a lo que se aspira políticamente es lograr territorios con ingresos más o menos equitativos, es necesario compensar la menor productividad de los territorios más postergados. Ello implica impuestos y subsidios cruzados, de los territorios más ricos a los más pobres y, por supuesto, para elevar la productividad de estos últimos, construir infraestructura adecuada que los conecte a los mercados y desarrollar una educación que difunda conocimiento. ¿Será que alguno de los aspirantes presidenciales o los gobernantes del país están pensando en estos problemas?

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

 

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