Por: Alberto Medina
Monólogos

Monólogo de Abelardo, castrado

A veces me llega el impulso de ti, amor ausente. Un impulso hecho de carne y alma, Eloísa. Un impulso de pasión sin camino.

Cuando pienso que me despojaron de la herramienta del deseo, me pregunto si es posible el amor sin la intimidad, sin el instante mágico y feliz de la fusión de los sexos, de la entrega en plenitud.

La respuesta no la encontré en la lógica, en la gramática o en la teología. La terminé encontrando en el corazón y en la anatomía, cuando pude entender la diferencia entre el recuerdo y la realidad.

Cuando me refugio en mi celda del monasterio para leer, me invaden los recuerdos, me embriagan tus abrazos, me llega tu voz, me llegan tus besos, siento tu boca en mi boca y tus palabras en mi oído, siento tus pechos cálidos entre mis manos. Si estuvieras frente a mi te preguntaría si recuerdas nuestras citas en el campanario de la catedral. Nos veíamos para la clase de griego o latín y nos esperaban las lonas dispuestas para la desnudez del amor. El recuerdo me devuelve los deseos, pero la realidad me asoma a la ventana de mi invalidez para el acto de amar.

Sé que en el convento donde vives mi desgracia, estos recuerdos también te llegan con melancolía, con pasión, y sin la castración del deseo que yo vivo. ¡Qué terrible castigo me infringió tu tío, el canónigo de la catedral de París! Pagar sicarios para castrarme la dicha de poseerte es el peor crimen que se le puede imponer a un hombre por el hecho de estar enamorado. Yo no lo traicioné. Amar lo prohibido no es traicionar. Dejar de amar lo verdadero es traicionarse a uno mismo. Eso me lo enseñó el corazón y no la lógica.

Me incapacitaron para ejecutar el acto del amor, pero no me mataron el deseo. Siento el deseo porque nace de mis entrañas. Lo siento nacer en un lugar impreciso entre el ombligo y el pubis. Lo siento brincar de ganas hasta provocarme la erección de la nada, como si en el lugar de la materia muerta quedara la energía de la carne, una energía capaz de cargar erecciones imposibles. Siento el ardor del deseo en esa nada en que me dejaron, en ese vacío de carne vital que ya no tengo.

¿Es posible el amor sin la intimidad de los deseos, sin el instante mágico y feliz de la fusión de los sexos, de la entrega total?

El corazón me dice sí y la anatomía me dice no. Amo a Eloísa desde el recuerdo y le habló en voz alta desde mi soledad, pero al no poder poseerla siento que mi amor carece de materia, de la materia receptora de los mimos del amor, de la materia de la penetración en el otro que es finalmente la verdadera fusión con el otro, el instante en que se hace posible que dos sean uno en la breve eternidad de la alianza de los seres.

Aunque no te tengo, aunque he perdido la posibilidad de fundirme en la materia contigo, aunque sé que me castraron para el amor, quiero que sepas, Eloísa, que eres mi amor porque te hiciste a mi alma y eres mi pasión y mi deseo, así este hecho de la carne invisible que te busca para hacer el amor en sueños y pensamientos, que es lo único que tu tío no me pudo quitar.

Subdirector de Noticias de Caracol Televisión.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alberto Medina

En la piel de Manuela

Monólogo de Matusalén

Memorias de una mujer de placer

Sade o el lado oscuro del deseo