Por: Alberto Medina

Monólogo de Eva segundos antes de salir del paraíso

Vine a este mundo con la chispa de la rebelión.

Adán cree que es mi dueño absoluto porque, según él, provengo de una de sus costillas.

Asegura a pie juntillas que estaba solo y que a Dios un día se le ocurrió traerle compañía, dizque para sacarlo del aburrimiento. Dice que mientras dormía le hicieron la extracción y ahí nací yo. Con ese cuentico cree que me debo a él plenamente y sin objeciones.

¡Pues está equivocado! Mi cerebro y mi corazón no dependen de él, sino de mí. Pienso lo que se me ocurre y siento lo que siento sin tener que pedirle permiso.

El temita de la manzana, que nos tiene con un pie afuera del paraíso, suena a excusa para someterme aún más a sus designios. Si Dios nos puso a disposición el mundo, también nos dio la facultad de elegir. Adán y yo elegimos.

Que la curiosidad me haya llevado a comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y el mal, no me hace mala; me hace humana, investigadora, inquieta.

Ahora pienso que haber mordido esa manzana me libera de la esclavitud del paraíso porque me permite tomar decisiones más libremente, depender menos de Adán y de Dios, que también es hombre, pues lo hizo a su imagen y semejanza.

A Adán le planteé esa reflexión, pero eludió el asunto. Me pareció tan cobarde para enfrentar la vida que hasta me acusó de haber mordido la manzana, como si yo lo hubiera obligado.

Ahora resulta que yo soy el mal. La tentadora. Pues no lo acepto, como no puedo aceptar que mi raíz sea una costilla.

¡Soy la vida! ¡Soy el cáliz! Adán no tiene vientre y los hijos que tengamos no nacerán de sus costillas. Ese cuentico de Adán está hecho, única y exclusivamente, para someterme a sus deseos, para hacerme olvidar que yo soy dueña de mí, de lo que pienso, de lo que sueño y de lo que creo.

¿Que yo soy la mala del paseo? No lo acepto.

Acepto, sí, mi condición de humana. No somos Dios, aunque Adán a veces parece creer que él sí lo es. ¡Claro! Como Dios le dijo que todo lo creado podía ser sometido por él, ya se cree Dios, y no demorará en fabricar la espada para hacer efectivas esas palabras del creador.

Yo, Eva, me declaro humana, apasionada, enamorada de la vida, convencida de que necesitamos volar para hacernos humanos.

Ofrezco mi vientre para la vida y mi corazón para el amor, porque intuyo que los hombres nos pondrán a caminar a todos por el filo de la espada.

 

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