Por: Arturo Guerrero

“Monos”: el apocalipsis inculcado

Alejandro Landes, director de Monos, ha dicho en entrevistas que su película está inspirada en Joseph Conrad y William Golding. Quiso narrar el horror de Colombia, sin ubicarlo en Colombia, con la niebla del enloquecido coronel Kurtz y de los adolescentes sobrevivientes de la caída de un avión sobre una isla desierta.

Los invitados a la apertura del festival IndieBo el pasado martes en el teatro Colón pudieron evidenciar la certeza de las declaraciones de Landes. Eran nuestra gente de cine, conocedores. Aplaudieron esta película escogida para la solemne ocasión, se regocijaron con el donaire de Paola Turbay, directora general del certamen.

También salieron del acto con el estómago inquieto. En Monos se vieron calcados, interpelados, recriminados. No se sabe cuántos captaron la diferencia entre esta cinta y las novelas El corazón de las tinieblas (1902) y El señor de las moscas (1954).

Conrad no alcanzó a ganarse el Nobel, pero Borges le concedió el siguiente "más que Nobel" al calificar así su novela cumbre: “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado". Sucede que tanto Kurtz como el capitán Marlow, su perseguidor, como Marlon Brando y su personaje en Apocalypse Now (1979), la película de Coppola basada en El corazón de las tinieblas, son militares, son adultos desquiciados por las guerras.

Los monos de Monos, en cambio, son niños y muchachos reclutados por alguien, armados con descomunales fusiles por alguien, entrenados por un musculoso y contrahecho adulto que es mensajero de alguien, controlados por la voz de alguien desde un radio que ese alguien les dio. Esta manada desaforada, estos monos, son teledirigidos.

Los jóvenes Robin Hood, concebidos por Golding –este sí Nobel de Literatura en 1983- vienen de una educación inglesa victoriana que van abandonando para despeñarse por sí mismos hacia el despotismo y la violencia. El autor sirvió cinco años en la Marina Real y prestó apoyo naval en el desembarco de Normandía. De allí salió con la boca agria a plantear la crueldad inherente al ser humano. Al final de El señor de las moscas, uno de sus personajes explica: “No trates de hacer las cosas con sentido común. Eso ya se acabó”.

El sentido común de los "soldados" de Landes –así los llama su instructor- lo dictan las hormonas adolescentes y la pertenencia a una nación joven y biodiversa como Colombia. Esto no se ha acabado. Su desgracia final no proviene de alguna violencia innata. Es sembrada, inyectada por ese alguien conocido como "la organización".

Son escuadrón de retaguardia, tienen orden de cuidar a una secuestrada, se delatan entre sí ante la fiereza del mensajero. También podrían desmembrar con motosierra, sumar falsos positivos, jugar fútbol con cabezas. Entre tanto exploran las curiosidades del beso, agasajan la fiesta que es la guerra, ingieren la fantasmagoría de plantas poderosas, disparan a la loca sus tubos contra truenos y bombarderos. Son una pandilla de la cuadra, de la esquina.

Son apenas niños, soldados de 18 años, campesinos principiantes. Han sido inducidos al apocalipsis.

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2019-07-12T00:00:40-05:00

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