Por: Sergio Otálora Montenegro

Monotemáticos: Farc de día y de noche

ENTRAMOS AL SIGLO XXI HABLANDO de un solo tema: cómo derrotar a las Farc. Vamos a cumplir la primera década, y seguimos enredados, sin apelación, en esta gran obsesión nacional en la que, de una parte,  cantamos (prematura) victoria, y de otra, los jefes de la insurrección no dan tregua alguna en su objetivo delirante de la toma del poder por las armas.

En este año ya van dos marchas dedicadas a las huestes de Cano. Una de ellas se realizó el pasado 20 de Julio, celebración patria con rasgos inéditos: la gente se volcó a las calles de las grandes urbes colombianas, y en el resto del mundo, para exigir la liberación sin condiciones de todos los secuestrados, y pedirles a los obcecados que abandonen el camino de la violencia. Hubo concierto de Shakira y Carlos Vives en Leticia, con los presidentes de Brasil y Perú abordo, mientras Íngrid, en París, pronunció un sentido discurso en el que pidió al comandante máximo de la guerrilla más antigua del mundo que aceptara la mano tendida del presidente Uribe.

La llamada seguridad democrática ha sido, por paradojas de la historia, el punto más alto de protagonismo de las Farc en el ámbito mundial. Aparecen en todas partes, a todas horas, de día y de noche, en los noticieros, en los diarios, en las emisoras. Ahora, gracias a que la política internacional de Colombia se limita, hoy por hoy, a romper todos los lazos que pudieran tener los sediciosos en el exterior, estamos enfrascados en una pelea absurda con Nicaragua, seguimos mal con Ecuador y, para rematar, en una inusual ceremonia en la Casa Blanca de celebración de la independencia de Colombia (¡ay!, si viviera Bolívar) el presidente Bush afirmó que Uribe es gran aliado ante la amenaza de Chávez, que ha convertido a Venezuela en “santuario de terroristas”. Cómo no, las Farc se han instalado también en la mente de los halcones del Pentágono.

La guerra es monotemática. Todo el día se vive en función de ella, en no cederle un espacio mínimo al enemigo, en destruirlo en todos los frentes. Desde el frustrado intento de negociación del Caguán, las tres ramas del poder público han girado en torno de esa sigla de cuatro letras que nos marca desde hace casi medio siglo.

Dos presidentes llegaron a la Casa de Nariño bajo el influjo directo de las Farc. Aún está fresco en la memoria el guiño de Marulanda a la candidatura de Pastrana, en la reunión que tuvo su mano derecha, Víctor G Ricardo, con el comandante guerrillero antes de las elecciones. Era la época del Mandato por la paz, esa impresionante movilización ciudadana en favor de una solución negociada al conflicto armado. 

Uribe, ayudado por las encuestas y los medios, capitalizó el profundo desencanto con la estrategia del diálogo, y el péndulo se fue hacia la derecha radical. Pues bien: ahí vamos, polarizados sin alternativa a la vista, sobreaguando la tragedia con victorias pírricas y promesas de más bala. A veces, eso sí, la fijación tiene sus recreos: fútbol, reinas, farándula. Chismes: los más jugosos vienen del monte. La telenovela de Clara Rojas apenas empieza y se extenderá con la publicación de su libro.

La movilización popular del pasado domingo es, a la vez, una esperanza y un mal presagio. Lo primero, porque sigue habiendo en las masas la inagotable vocación de paz, pero, al mismo tiempo, esa multitud está desesperada y cree que el actual mandatario es la respuesta correcta para acabar de una vez por todas con la ignominia. 

Soy optimista, de golpe iluso: en medio de una crisis económica que ya muestra sus colmillos,  e un desprestigio galopante del Congreso, de una división sustancial de la clase dirigente, creo que Uribe será, finalmente, derrotado. Superar este conflicto endémico es también ampliar nuestra mira, darle oxígeno al futuro. Dejar de pensar en enemigos para reflexionar sobre nuestras diferencias. Tengo fe en que se impondrá el talante pacífico de nuestra gente. Suena extravagante en estos tiempos de noventa puntos de popularidad, pero, señores, el camino es culebrero.

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