Por: Andrés Hoyos

Montaje candanga

Supongo que todo el mundo tiene la función que yo llamo el "pensamiento débil". Es la explicación alternativa semioculta de las cosas, que con el andar del tiempo se revela como verdadera, desplazando a las certezas a veces incautas que aceptamos por contagio o por bombardeo mediático.

Piénsese en el cáncer de Chávez: que era terminal, que lo iba a sepultar antes de las elecciones, que había sido pésimamente manejado por los cubanos y luego medio corregido por los rusos, que se había extendido a los ganglios o a la médula ósea, que Chávez estaba gordo porque le habían suministrado esteroides, que tenía una colostomía, y así. Los periodistas, a partir de la información en extremo precaria de una operación en la pelvis, bajo la cual, según Chávez, había un cáncer indeterminado, pusieron a fantasear a los oncólogos y quién dijo miedo. Surgieron nombres rarísimos de cánceres intratables, como el devastador sarcoma de psoas. Tan delirante se puso la cosa, que uno se extraña de que no haya habido quien dijera que Chávez tenía un cáncer de útero. Ahora lo que parece más probable es que haya tenido un cáncer fácilmente curable o, ya metidos en gastos, que nunca haya tenido nada distinto de un simple absceso pélvico.

Sobra decir que yo tampoco tengo ni la menor idea de qué enfermedad tuvo o tiene Chávez —¿sí se le cayó el pelo o simplemente se rapó para aparentar?—, pero me parece sospechoso que se haya curado en el momento exacto, tres meses antes de las elecciones, y que ahora salga a la palestra “el paciente terminal más sano del mundo”, para usar la aguda frase de Ibsen Martínez. Va así agarrando fuerza el pensamiento débil que sugiere que lo del cáncer fue un montaje cínico, una farsa. Por su cuenta, pasaron a segundo plano las graves acusaciones de corrupción y narcotráfico de la boliburguesía que involucran a la cúpula de las fuerzas militares, se dejó de discutir la escalofriante tasa de homicidios per cápita en Venezuela, que se ha multiplicado por cinco desde que Chávez llegó a poder, y se olvidó la creciente imposición de un régimen dictatorial que no admite contrapesos y que utiliza el gasto público para sobornar a los electores. Henrique Capriles, el muy buen candidato que la oposición logró elegir por consenso y con gran alegría, se ha visto relegado en los medios de comunicación, los cuales, dicho sea con total justicia, han ido pasando a marchas forzadas a manos del Estado eternamente reeleccionista. La estrategia que subyace al montaje es realmente astuta, pues ha consistido en jugar con la ansiedad de la oposición, proclive a fantasear sobre la desaparición de Chávez, y con la ansiedad de las bases chavistas, proclives a canonizarlo.

Llega, pues, con ventaja Chávez a la recta final de la campaña. A Capriles le va a tocar hacer un cierre fulgurante si quiere descontar el terreno necesario, tarea no imposible. Sin embargo, la falta de contraste no ayuda, ya que no habrá debates porque ahora resulta cruel cuestionar a quien ayer no más estuvo al borde de la muerte.

Pocas veces ha aplicado con mayor justicia el demoledor aforismo de Mencken, según el cual “la democracia es el arte y la ciencia de administrar un circo desde la jaula de los micos”. Urge desenmascarar el montaje candanga y martillar duro sobre el mensaje de que alguien que monta una farsa semejante sobre su salud tendría que ser director de un circo, no presidente de un país.

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