Montañero

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En Colombia, un país de montañas, con casi toda su población viviendo en ellas, la palabra montañero es usada como un adjetivo peyorativo. Antes era peor, quizás por la fuerza que ha tomado el lenguaje políticamente correcto en las últimas décadas. El hecho es que, todavía hoy, no ser de la ciudad, o por lo menos no vivir en una, causa un estigma, así sea leve y callado: un estigma inversamente acompasado con el tamaño urbano del sitio en el que se nace: mientras más pequeño y aislado, mayor es.

El menosprecio por los montañeros tiene raíces históricas y está asociado con la tradicional falta de educación para la gente del campo. En la Colonia, los pocos reductos de gente ilustrada estaban en los centros urbanos y a la ciudad se la asociaba con la civilización, tanto como al campo con la barbarie. Con la llegada de la república se creó un sistema de educación pública, pero con muchos tropiezos, que en el campo fueron más bien fracasos. Hasta 1955 hubo en el país dos tipos de bachillerato; uno urbano, más exigente y más largo, y otro rural, menos exigente y más corto, con lo cual la universidad estaba prácticamente vedada para los bachilleres campesinos. Aun hoy en día, después de más de dos siglos de vida republicana, las diferencias educativas entre el campo y la ciudad subsisten, como lo muestra el contraste considerable que hay entre los resultados urbanos y rurales de las pruebas del Icfes.

 

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