Por: Patricia Lara Salive

Moraleja

EL DOMINGO, CUANDO SE ANUNCIAba que el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, había sido secuestrado por los militares y llevado a Costa Rica, en el Festival del Malpensante participábamos en un panel sobre “democracia ultrajada” y caudillismo en América Latina, moderado por el columnista Alejandro Gaviria, en el que intervenían el escritor venezolano Francisco Suniaga, antichavista, el novelista más leído hoy en su país; y el periodista nicaragüense, Carlos Fernando Chamorro, hijo del director de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro, asesinado por el somocismo, y de Violeta Chamorro, quien fuera presidenta mientras él le hacía oposición como director de Barricada, el periódico oficial del Frente Sandinista. Hoy, Chamorro, es hostilizado por el gobierno de Ortega.

A pesar de que aún no se habían decantado las noticias de Honduras, sabíamos que el golpe se había producido por el empeño de Zelaya en convocar un referendo para reformar la Constitución, de modo que él pudiera reelegirse. Pero el Tribunal Electoral había determinado que no se cumplían los requisitos y que no podría realizarse. Sin embargo, Zelaya, empecinado en perpetuarse en el poder, le solicitó al Ejército que hiciera las veces de poder electoral y realizara la consulta. El jefe de Estado Mayor se negó a cumplir esa orden porque ella violaba la Constitución, y Zelaya lo destituyó. La Corte Suprema resolvió una tutela a favor del militar y anuló su destitución. Zelaya convocó a una manifestación y dijo que, de todos modos, llevaría a cabo la consulta. Entonces los militares le dieron el golpe.

Aun cuando a Zelaya lo apoyan Ortega y Chávez (en el panel se insinuó que la chequera petrolera, de un momento a otro, volvió al presidente de Honduras izquierdista furibundo), en la charla, tanto Suniaga, que habló del “clientelismo supranacional de Chávez”; como Chamorro, que contó cómo, a pesar del poco carisma de Ortega, en las calles de Managua se respira mesianismo y hay enormes letreros que dicen “cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios”, condenaron el golpe. Todos coincidimos en que hay impedir que la era de los cuartelazos regrese a América Latina y en que la situación de Honduras podría tener consecuencias imprevisibles.

Roguemos para que ese golpe no se replique, ahora cuando cunde la epidemia del aferramiento al poder de los nuevos caudillos. Pero el peligro existe. Por eso los presidentes, empeñados en valerse de cualquier argucia para no desprenderse de su vicio (Chávez en Venezuela, Uribe en Colombia, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, Fernández en República Dominicana), tienen que reflexionar y entender que las Constituciones, las leyes, las reglas en general, gústennos o no, son para respetarlas, no para cambiarlas al antojo del mandamás de turno.

¡Cómo les haría de bien escuchar el consejo que el Presidente de EE.UU le acaba de dar al colombiano! “Ocho años en el poder son suficientes: después, la gente pide un cambio”, le dijo.

(Y, a propósito, no se habrá enterado Uribe de esa encuesta del CNC para CM& en la que los colombianos, en proporción de dos a uno, le piden que escuche el consejo de Obama?)

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Gracias a Andrés Hoyos y a Rocío Arias por su empeño en realizar el Festival del Malpensante, que ya con cuatro años de vida, nos acostumbró a disfrutar de ese espacio en el que entramos en contacto con intelectuales de primer nivel y nos escapamos de este aburrido ambiente preelectoral para respirar mejores aires.

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