Por: Humberto de la Calle

Moralismo sin moral

DESDE HACE RATO ENTRAMOS EN  la onda del moralismo frenético. Cada día son más exuberantes, pero también más farragosas, incomprensibles y metastásicas, las regulaciones sobre la moral pública. De la moral privada, silencio. Nada que hablar.

Hay una profunda perturbación en un país que inauguró la pérdida de investidura con un senador a quien se acusó de ser miembro de un consejo académico de una universidad privada. Una condena vitalicia. Se decía que, de contera, era un corrupto inmarcesible. Pero se le debió juzgar por esto y no por la tarea edificante de ayudar a impartir educación en un organismo que no manejaba dineros públicos.

Otro fue expulsado de la política porque le mandó una platica del suelo de ella, a su secretaria en el exterior. La discusión se debatía entre la inocencia del acto o una pecata minuta. En todo caso nada que permitiera cercenar de por vida la promisoria vida pública de un decentísimo líder renovador.

Las prohibiciones, inhabilidades e incompatibilidades son un cáncer que engulle cada día más actividades normales. Ahora a los congresistas se les ocurrió, para matar la competencia con el falso moralismo, que los concejales no pueden aspirar al parlamento. Y todos los días hay controversias más inverosímiles en este campo. Un congresista puede perder en estos días su investidura porque la liga de softball de un departamento costeño, que él orientaba, recibió algunas minucias del presupuesto oficial.

Un irritante tinglado. A Serpa casi lo sacan de la gobernación porque un hermano suyo trabajaba anónimamente como procurador agrario. ¿Quién votaría para lamerle el culo a un procurador agrario? Cosa de locos.

Los delitos se reproducen como hiedra, las privaciones de derechos ciudadanos afectan por igual a grandes agentes de la mafia como a apocados ciudadanos que sin mayor brillo pretenden algún cargo.

Todo ello para una galería ávida de sangre, aupada por medios de comunicación cuya sabia es el escándalo.

Entre tanto, las cosas graves, o no se saben, o reciben entierro de pobre.

La foto de un hijo del presidente discutiendo con un ministro y un gobernador una vía que debía conectar su lote, convertido por decisión oficial en zona franca, ahíta de privilegios tributarios, no recibió tratamiento periodístico alguno. Lo verdaderamente dramático no es la pasión de los hijos del Presidente por el dinero. Sino un giro radical de esta sociedad que, de manera numéricamente importante, sostiene que un delfín tiene el mismo derecho que cualquiera a hacerse rico a través de medidas gubernamentales. Estamos en presencia de una zona franca y una vía. En el caso de López Caballero, el asunto fue exclusivamente de una vía. 50% de inmoralidad contra 0% de tragedia nacional.

Crisis de valores dicen las señoras en las peluquerías. Frase hueca. Mientras se hacen el peeling sus esposos pagan sobornos, rebajan la calidad de los productos, matan el medio ambiente y persiguen las leyes antitabaco sin que les importe una higa la salud de los bronquíolos de los ciudadanos.

Lo dicho: mucho moralismo, poca moral.

 

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