Por: Humberto de la Calle

Mordaza

Esta Latinoamérica tropical trata de ir por la ruta del Estado de derecho y el progreso, pero los reveses son mayúsculos.

La primera página en blanco del periódico El Universo de Guayaquil, en protesta por un fallo que lleva a la cárcel y condena a la ruina a sus propietarios y un columnista, es el testimonio mudo (amordazado) de la guerra emprendida por el presidente Correa contra la libertad de expresión.

El origen del problema está en la cuestionada intervención presidencial en motines organizados por las fuerzas de policía, alborotadas por problemas de tipo laboral. Con razón o sin ella, para el caso no importa, El Universo y su columnista Emilio Palacio criticaron por desmedida la actitud del presidente, quien se expuso innecesariamente a una serie de vejámenes de los protestantes y entregó luego su versión de que se trataba de un intento de golpe de Estado. Digo que no importa el contenido de la opinión, por varias razones. En primer lugar, no se trató de una afirmación calumniosa sobre hechos deshonestos. Es apenas una opinión libre, una valoración de acontecimientos que admiten diversas interpretaciones. Con el criterio del presidente Correa, si la crítica no se ajusta a los moldes oficiales, entonces se convierte en delictuosa. Esto es el verdadero, rampante y desnudo delito de opinión.

Para lograr su propósito e instaurar la censura, el presidente Correa echa mano de la justicia, una acción maliciosa para sacar las castañas con mano ajena. Este no es el ejercicio legítimo de acceso a la justicia, sino un acto cobarde y sibilino para dar la apariencia, apenas apariencia, de que Correa no es igual a los chafarotes latinoamericanos tradicionales. Es un truco. Y dio con el juez que era, Juan Paredes, quien en 33 horas llevó a cabo la hazaña de leerse 5.000 folios y expedir un fallo de 156 páginas para llevar a la cárcel por tres años a los periodistas y fulminarles una condena de 40 millones de dólares. No contento, Correa apeló y pide 80 millones.

Este camino de involucrar a la justicia se ha venido abriendo paso. Aquí mismo en Colombia viene progresando una censura dispuesta, no ya por los miembros del gobierno, sino a través de los jueces.

El otro tinte preocupante es que toda esta campaña del presidente Correa ha sido acompañada por un reciente referendo que brinda al Estado superpoderes para controlar y depurar los medios. Bajo el disfraz de la exigencia de responsabilidad, ahora vemos que en verdad se trata de evitar toda crítica al régimen. El ropaje de la democracia directa es apenas el manido subterfugio de los autócratas que apelan al pueblo mediante plebiscitos de tipo personalista para disfrazar por esa vía las peores violaciones de los derechos civiles.

Sólo queda el recurso internacional. La Comisión de Derechos Humanos de la OEA debe intervenir. Este atropello, cuya víctima visible es el periodismo, pero que en la retaguardia también ha ocasionado daño a la independencia judicial, es una violación de la Carta Democrática Interamericana.

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Y en eso del populismo altisonante y el lenguaje guerrero, vimos descompuesto al entrenador de la selección venezolana de fútbol anunciando que va a “defender sus derechos a sangre y fuego”. Ni más ni menos. Como los tanques de Chávez en la frontera. Ahora sabemos que la enfermedad que padece el coronel es contagiosa.

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