Morir de hambre o de COVID-19

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El miércoles de esta semana en entrevista con los periodistas de RCN Radio, el alcalde de Soacha, Juan Carlos Saldarriaga, afirmó: “Tenemos aquí 126.000 familias vulnerables que tienen más miedo de morir de hambre que por el virus”.

Durante la semana, los medios mostraron diferentes lugares, en municipios y capitales, atiborrados de inmigrantes, desempleados y trabajadores independientes pidiendo ayuda. Unos llegaron engañados por cadenas de información falsas, y otros, simplemente, porque lo han perdido todo. Tienen hambre.

El Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad hizo una “tuiteratón nacional” para llamar la atención sobre los incumplimientos del Estado en relación con la garantía de los derechos fundamentales de la comunidad wayuu. En La Guajira no hay alimentos y menos agua, lo sabemos desde siempre. Piensen en esto: dicen los médicos que la primera línea de defensa contra el COVID-19 es lavarse las manos, y esa acción tan simple para muchos de nosotros no está al alcance de todas las comunidades.

Si no hay agua, si las personas sienten hambre, ¿tendrán cómo movilizarse a un centro médico para que, dado el caso de contagio, puedan ser atendidas? En un artículo de la BBC del periodista Arturo Wallace, el doctor Ernesto Gozzer, experto en seguridad sanitaria de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, sostuvo: “Si la gente no va a tratarse, porque le sale demasiado caro, las posibilidades de contagio se multiplican”.

Ahora, reflexionemos sobre estas cifras:

—En enero de este año, el DANE informó que la tasa de informalidad para el total de las 23 ciudades y áreas metropolitanas llegó a 47 %.

—El gasto per cápita de Colombia en salud es solo de US$ 1.039.

—Citada en el artículo de Wallace, la Asociación Colombiana de Sociedades Científicas calculó que de las 5.300 camas de las unidades de cuidados intensivos (UCI) que hay en el país, solo unas 750 disponen del aislamiento necesario para atender a pacientes de COVID-19.

—En 12 de los 32 departamentos de Colombia no hay UCI.

—La Organización Panamericana de la Salud reportó que “un 21 % de los latinoamericanos renuncia a buscar atención en salud debido a barreras geográficas”. Limitación que, por supuesto, afecta a los colombianos.

El COVID-19 desenmascaró la falta de grandeza en el pensamiento de quienes nos han gobernado, la corrupción que ha llevado a los bolsillos de los bandidos la plata que hemos aportado y que ahora se necesita más que nunca, la ausencia de Estado en varios territorios, y la insolidaridad de ciudadanos que, arrogantes, se pasan por la faja las normas.

Cuando hay hambre a nuestro alrededor, hay que decirlo sin matices: hemos estado mal gobernados y hemos sido complacientes con esa realidad. Eso nos hace responsables. Esta verdad no desconoce los actos heroicos, la generosidad, ni la creatividad de tantos colombianos que nos dan ejemplo de cómo es posible hacer el bien.

La crisis no puede dejarnos pasmados. Tenemos que decidir si saldremos de esto más egoístas o más humildes y conscientes de la horrible desigualdad que nos rodea. Estamos obligados a entender la importancia de la inversión en ciencia y tecnología, y tenemos que defender las ciencias humanas como la sicología y la siquiatría. ¿O aún nos quedan dudas de su importancia?

Hay personas que mueren de hambre. No ahora, siempre. Hay quienes no pueden tratarse un virus, no el COVID-19, cualquiera. Están ahí, en las laderas de nuestros barrios. ¿Las seguiremos ignorando?

@ClaMoralesM

* Periodista.

 

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