Por: Fernando Araújo Vélez

Morir por la patria

Por la patria morimos y matamos, robamos y nos roban. Por la patria pagamos para tener vías y hospitales y escuelas que nunca están.

Por la patria tenemos que soportar que una victoria de fútbol termine en decenas de muertos, en grescas, cuchilladas, balas perdidas, una niña de 14 años asesinada y un infinito número de familias de luto. Por la patria tenemos que aprendernos un himno, y cantarlo, así no nos guste, porque si no lo cantamos nos van a acusar de vendepatrias y, por ahí, nos pueden golpear y algo más en nombre de esa patria que algunos definieron como pasión.

Por la patria nos vestimos de amarillo y salimos con la bandera, herencias de 200 años de patrioterismo. Por la patria, también, nos gastamos cientos de miles de pesos en trapos alusivos a esa patria, y los exhibimos, orgullosos, una vez cada tantos años, creyendo que por esos trapos vamos a dejar de matar o morir, de robar, de engañar. Por la patria preferimos callarnos para no gritar que por esa patria unos cuantos venden país, ilusiones, futuro y alegría. Todo falso. Todo mentira. Esos cuantos aprendieron hace muchos, muchos años, siglos, que la patria es un negocio, que vende, y que inculcar su amor es accionar la palanca de los millones.

Aprendieron que por ella, que en últimas es y ha sido suya, los demás debemos dar la vida en campos de batalla ante enemigos que ellos crearon, pues son sus enemigos, aunque nos hayan convencido de que han sido los nuestros. Nos convencieron de que hay que amar a la patria por encima de todas las cosas, así esa patria no nos devuelva nada. Nos convencieron de que es imposible vivir sin ella para que peleemos por ella, para que paguemos y trabajemos por ella. Nos dijeron que, a cambio, teníamos derechos. Sin embargo, cuando exigimos uno solo de esos derechos, nos remitieron a un eterno viacrucis de permisos y sellos que ellos mismos crearon para hacer más rentable su negocio, e imposible nuestro derecho.

Los derechos, ya lo supimos, han sido un río, el mar, las montañas, alguna flor, los perros y gatos silvestres, y las silvestres plantas que ellos no le han vendido aún a las multinacionales que también han trabajado por “la patria”. Los derechos, ya lo entendimos, han sido inventarnos pretextos y pretextos para creer que estamos y somos unidos. Un ciclista, un jugador de fútbol o un boxeador fueron y siguen siendo ese pretexto, fueron y siguen siendo la ilusión de una patria que en la realidad sólo existe para unos cuantos, que son sus dueños y quienes la venden.

 

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