Por: Brigitte LG Baptiste

Morronguez

Empiezo con una palabra inexistente, derivada del adjetivo “morrongo”, un colombianismo que denota pereza y, más recientemente, pereza mal intencionada: la lentitud que se ejerce para sabotear a los demás, cada vez más utilizada como arma de egopolítica. Si los demás no hacen lo que yo quiero, así sean mis superiores, así configuren y correspondan a acuerdos colectivos, así lo hayamos acordado públicamente, morrongueo.

Morronguea quien deja un expediente bajo una montaña de papeles para que caduque un pleito, morronguea quien ofrece ayuda y luego desaparece, morronguea quien usa las redes sociales y la comunicación para enturbiar el agua de las decisiones de las mayorías, morrongea quien espera pacientemente a que cambie el jefe a mi conveniencia. En las instituciones los funcionarios que se apoderan de un cargo intermedio son los reyes o reinas del morrongueo, pues pasan de un régimen a otro sin dejar que se solucione nada: el fracaso de grandes proyectos e innovaciones acaba diluido en la resbalosa responsabilidad de quien, no queriendo la cosa, no respeta la jerarquía ni las competencias y no firma a tiempo, no contesta un correo, se escabulle entre los reglamentos. Hábitos infames y cochinos de la estabilidad institucional…

Si yo morrongueo, tú morrongueas, todos nos saboteamos, no hay bien colectivo posible. Y pareciera que hubiese paz, pues el morrongo no necesita más arma que ser ladino, decir que sí y hacer su voluntad y luego justificarla en la embriaguez como un triunfo de su autonomía y la sabiduría personal. La ciencia y la política completa van directo a la caneca del morrongueante, quien se regocija en su micropoder y paga otra ronda de cerveza para celebrarlo. Hay toda una antropología pendiente de esta patología social, instalada sobre todo en las empresas públicas, los ministerios, los juzgados, pero en modo alguno exclusiva ni endémica dentro de ellos: basta mirar los rostros de dirigentes o líderes sociales cansados de pelear contra esos molinos de viento que se reproducen en todas las instituciones como un cáncer benévolo, pero incapacitante e igualmente letal.

Curar la morronguez requiere terapias sistémicas, costosas y desgastantes porque no solo se ejerce desde el personalismo, sino en complicidades múltiples que incluyen acosos, chantajes, discriminación, chismes y otras malas prácticas laborales. Al final, solo se puede reducir su efecto, nunca eliminarlo. Tal vez incluso habría que reconocer que cierta lentitud, así sea de mala leche, protege contra los efectos de las pasiones: las revoluciones también traen su cuota de desdicha…

Con el firme propósito de contribuir con el debate público y no ser calificada como agente de este terrible mal, es que acepto la gentil invitación de Fidel para escribir cada 15 días en este diario, con todo el afecto que representa haber pasado muchas navidades y añonuevos de infancia en casa de los Cano, haber sufrido las malas conexiones eléctricas de Fidelena, haber corrido por los pasillos de la rotativa del viejo Espectador de la mano de mis papás y por sentir más de cerca la catalanidad de Ana María y Toña, quienes siempre serán un inmenso referente de cariño. A todos, mil gracias.

 

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