Por: Marcos Peckel

Motosierra en el consulado

El problema no fue haber matado a un periodista. En Arabia Saudita decenas están encarcelados o “desaparecidos”. Si el mismo periodista Jamal Khashoggi hubiera sido apresado al arribar a un aeropuerto de su país, no habría suscitado más que bostezos, una que otra queja de alguna ONG de derechos humanos, y sería olvidado rápidamente. Tampoco importa el asesinato de un individuo para un reino cuya cuenta de civiles asesinados en Yemen va en miles.

La diferencia radica en el cómo y el dónde, en lo truculento del crimen, en el interior de un consulado y con total premeditación. Un comando saudí enviado para tal fin recibe a Khashoggi en el día y a la hora de su cita asignada, le cortan los dedos de la mano, lo suben a una mesa sedado y, según narra el periódico The Guardian de fuentes de inteligencia turcas, desmembra su cuerpo a punta de motosierra, testimonio avalado por el estado del cadáver del informador aparentemente encontrado en el jardín de la residencia del cónsul.

Se cruzó una línea roja por parte de un Estado y su líder de facto, el príncipe heredero Mohamed bin Salmán (MBS), quien pensó que, como ha sobrevivido a sus anteriores desastres: Yemen, Catar, Líbano y Canadá, este asesinato pasaría desapercibido. Grave error.

Conocido el magnicidio, comienza la política a hacer lo suyo. Turquía, rival ideológico y político de los saudíes por influencia en el mundo musulmán suní, no desaprovechó ni un minuto el papayazo. La inteligencia turca que reporta directamente al presidente Erdogan comenzó a filtrar a cuentagotas fotos, grabaciones y versiones de lo ocurrido en el interior del consulado. El mandatario turco va a exprimir este episodio al máximo, cobrarle una factura pendiente a MBS por el derrocamiento de su aliado Mohamed Morsi en Egipto, y en su declaración al parlamento dejó entrever que viene más.

Estados Unidos, a pesar de los trinos erráticos de Trump, como con ganas de echarle tierra al asunto, no puede dejar pasar como si nada este crimen atroz. Hasta los más recalcitrantes republicanos en el Congreso quedaron cimbrados y exigen algún tipo de acción punitiva. La otrora alianza americano-saudí queda resquebrajada y quizás solo la cabeza de MBS pueda salvarla.

Iraníes y cataríes se frotan las manos, pues ha sido MBS quien ha liderado la guerra diplomática en su contra. La cadena catarí Al Jazeera se está dando un banquete informando sobre el asesinato y sus consecuencias. Los ayatolas en Teherán ven con placer cómo su principal enemigo, MBS y la monarquía saudí, se autodestruyen.

Sobre lo que está ocurriendo en el interior del reino poco se sabe, por el hermetismo tradicional de la familia real, ni si este incidente puede concluir en la destitución de MBS como príncipe heredero, lo cual podría salvar en parte la reputación del reino y sus alianzas. La geopolítica regional sufre un fuerte sacudón y Khashoggi podría ser el Francisco Fernando del Oriente Medio.

819608

2018-10-23T21:00:00-05:00

column

2018-10-23T21:00:01-05:00

alagos_86

none

Motosierra en el consulado

26

3077

3103

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Marcos Peckel

Tiranos gemelos

¿A cómo Groenlandia?

Agitando el polvorín

El lánguido final del Foro

25 años tras la justicia