Por: Pedro Viveros

Mr. Google, ¿rey del discurso electoral colombiano?

Laureano Gómez, luego de su servicio diplomático de dos años en Alemania, llegó al país en 1932 en el contexto de la llamada República liberal que, luego de la pérdida de Panamá, la Guerra de los Mil Días y una larga hegemonía conservadora, ganó el poder con la idea de implementar “la ilustración a la colombiana”. Para ello pretendieron, además de postular nuevas ideas como el derecho de los trabajadores, la educación igualitaria y el Estado benefactor, consolidar un “siglo de las luces” con 100 años en el poder. Por esto, el “Monstruo o Basilisco” creó un tinglado político duradero para su arenga y su lenguaje. Doctrina: Dios, Patria y Sociedad fue el escudo laureanista para evitar el abismo al que, según este sector, querían lanzar a Colombia las ideas del liberalismo. Así entendieron la política de esa época.

Como repulsa a la “godificada” política colombiana, aparece en escena Jorge Eliécer Gaitán. Conocedor de la Italia de los años de Mussolini y sus formas, adopta el histrionismo y la voz para apoderarse de la palabra pueblo. La utilizó tanto que la llevó a ser casi su apodo. ¿Quién no está con el pueblo? Es interesante oír grabaciones de esos años y apreciar la delicadeza de sus adversarios al preferir hablar de muchedumbre. Con su muerte la política cambió. Las armas reemplazaron las frases y el pueblo salió de la garganta del líder para hacer política con una nueva señal: el fusil.

Para acallar esa violencia, nació un nuevo vocabulario: Frente Nacional. Es decir la población, sin armas, llevó a sus nuevos líderes a repartirse el poder durante 16 años para tener la paz política. Esa hibernación condujo al realineamiento de los excluidos de la repartija. Estas fuerzas hicieron suyos vocablos motivadores de su acción proselitista (legal o ilegal) de la talla de “enemigos del pueblo”, “los de la rosca”, “burgueses” y en la otra orilla el tan actual mencionado “mamertismo”. Palabra y política de la mano. Unas más doctrinarias que otras, pero siempre en el centro del debate.

Hace 30 años asesinaron a Luis Carlos Galán. Resumen de una era posfrentenacionalista. Fue el rebelde con causa temática de los años posteriores al pacto de Sitges y Benidorm. Galán fue fondo y forma para la actividad política. Utilizó gestos y casi rituales como vehículo para llegar a la gente por medio de nuevas expresiones: “cambiar las costumbres políticas” o “estamos cambiando la forma de pensar de los colombianos”. Estos llamados se tomaron el teatro del poder en Colombia después de su fulgurante y letal aparición entre el liberalismo en las elecciones de 1982. Ahora sin las palabras de Galán, pero con sus ideas vigentes, la política y sus códigos volvieron a cambiar.

Pero el verbo no se detiene y la política tampoco. Luego de los ataques a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, los términos motivantes de la nueva forma de interpretar nuestras sociedades fueron “terrorismo”, “terrorismo” y “terrorismo”. Esta nueva atmósfera llegó al país envasada en términos como “seguridad democrática”, “confianza inversionista y “fortalecimiento del tejido social”, defendidas con rabia por Álvaro Uribe Vélez ¿el líder que Colombia se merece? El mismo que engendró y combatió la expresión “paz”. Creó a Juan Manuel Santos y luego lo venció con dos miradas distintas de la misma palabra. (Insólito. Uribe se sirve a sí mismo de sparring).

En las actuales elecciones, en un país que intenta “convivir el posconflicto”, no encontramos expresiones que nos hagan ver el centro de la historia de esta campaña. Lo binario pareciera ganar la batalla de las ideas. Gritos e insultos marcan el norte de las redes para ganar falsos, fervorosos y enceguecidos seguidores. A veces pareciera que la estrategia es convencer a Mr. Google para que gobierne los destinos del país.

@pedroviverost

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