Por: Carlos Granés

Mucha vida y poco arte

A finales de los años noventa, gracias a la crítica de arte Natalia Gutiérrez, que me dio trabajo como profesor en la Facultad de Arte y Diseño de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, pude sumergirme hasta los tobillos en el mundillo artístico bogotano. Fueron sólo tres semestres los que estuve allí, 18 apasionantes meses que sellaron para siempre mi interés por el arte y la cultura, y que me llenaron la cabeza de preguntas que sólo una década después pude empezar a responder.

Recuerdo ese período como el más excitante de mi vida. Hice nuevas amistades —que conservo—, conocí todas las galerías, asistí a todas las inauguraciones y trasnoché sin pudor ni remordimiento, dejándome la piel en las inigualables fiestas de los artistas. Me divertí como nunca, experimenté como nunca y entendí lo que era vivir sin rutina, sin obligaciones, sin metas, oponiéndome de alguna forma a las convenciones y a los valores predominantes, totalmente entregado al azar del instante y acallando la voz culposa que me llamaba al orden. Hasta formé parte de un colectivo efímero, que realizó un puñado de exhibiciones antes de disolverse y caer en el merecido olvido. Fue, insisto, la época más excitante de mi vida, pero también, y esta es la paradoja interesante, la más improductiva.

Viéndolas de cerca, entendí ciertas dinámicas del arte contemporáneo. Sobre todo el esfuerzo de muchos plásticos actuales por convertir la vida en arte, usar su cuerpo en performances, realizar happenings extravagantes o politizar sus identidades. En todas estas manifestaciones vi un afán expresivo, un intento vigoroso por reinventarse a sí mismos y vivir una vida excitante, apasionada, a la medida de los deseos y los valores de cada cual. Esto —me pareció entonces y lo sigo pensando hoy— es supremamente positivo. En ese empeño hay un grito libertario que reblandece las convenciones y las expectativas sociales. Al convertir la vida en una fiesta o en un experimento, el artista le da intensidad a su existencia, se deja llevar, hace cosas que de otra forma no haría. Para él es divertido y enriquecedor, como lo son las experiencias novedosas, cantera de anécdotas y recuerdos refulgentes, para quien vive algo que se sale de la norma. Su vida crece, se refuerza, gana en densidad. El problema no es ese, sino el resultado artístico.

Al convertir la vida en arte gana la vida y pierde el arte. Los artistas llevan los estilos de vida y las formas de vivir a extremos, y con ello hacen más interesantes, divertidas y plurales las sociedades. El precio a pagar es que, al mismo tiempo, las galerías se vacían de imaginación, destreza y ese contrapeso a la mediocridad de la vida cotidiana —una de las pocas cosas que nos devuelve la fe en nuestra especie— que es el talento artístico. Hoy es difícil encontrar belleza, estilos artísticos que cambien la percepción o mundos imaginativos que abran ventanas a la realidad. A cambio tenemos nuevas identidades y artistas tratando de hacer visible la experiencia de colectivos marginados. Tenemos, en definitiva, mucha vida y poco arte.

*Carlos Granés

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Carlos Granés

Luis Miguel y las Torres Gemelas

El éxodo venezolano

Entre el cruzado y el pragmático

Moralitis y drogas ilegales