Por: Nicolás Rodríguez

Muchos comisiones, pocas conexiones

CUALQUIER DÍA DEL AÑO UN NUEVO informe sobre el conflicto es un esfuerzo esperanzador. Y más si lo firman conocedores como Gutiérrez, Pécaut, Molano o Duncan. Lo que ya es un dream team.

En esta ocasión, sin embargo, no está claro cuál es el aporte colectivo de la Comisión Histórica del Conflicto, con sus 800 hojas, 12 informes y dos relatorías. Se ha hecho énfasis en lo variadas que son las visiones. Tan variadas, parece, que el mensaje de pluralidad se convierte en uno de simple dispersión y fragmentación. De renuncia a buscar líneas convergentes de interpretación.

Esta es una más entre las múltiples comisiones que han sido creadas para diagnosticar la violencia. Cada que un gobierno lo ha solicitado, desde que arrancó la Comisión Investigadora del 58, algún tipo de conocimiento experto ha sido puesto a su disposición. Por lo mismo, las comisiones también deberían ser diseccionadas en tanto que tecnologías a las que se les dan unos usos políticos muy concretos.

Ni siquiera hemos acabado de digerir los alcances y la magnitud de las verdades contenidas en el ¡Basta Ya! ¿Qué hacer, por ejemplo, con el apabullante trabajo del fotógrafo Jesús Abad? ¿Cuál es la verdad que encierran sus fotografías? Además de reintroducir a los Estados Unidos en términos de la mano peluda que lo explica todo, es irritante el desdén de la guerrilla hacia el consolidado de informaciones presentado por el centro nacional de memoria histórica en su informe final.

¿De qué sirvió, pues, gastarle tanta energía a un proyecto político como el de la recuperación de las memorias de la guerra? ¿Cuál podría ser el real aporte de esta nueva Comisión? ¿Arrancar de cero y hacerles el quite a las víctimas para reintroducir, en los informes redactados por los más cercanos a las tesis de las Farc, la retórica de las estructuras? ¿Será este, acaso, el origen de la Comisión de la Verdad?

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