Por: Aura Lucía Mera

Mudlark

Escarbar en el lodo de los ríos. Ellos cuentan sus historias. Nada permanece oculto bajo el sol. El río Támesis cuenta su historia prácticamente desde que los romanos surcaron sus aguas y fundaron Londinium, años antes de Cristo.

Cuando baja la marea, descubre sus tesoros, nos cuenta sus intimidades y devuelve lo que le han depositado a través de los siglos. Monedas, joyas, cadenas, anclas, desde épocas inmemoriales. Sus buscadores esperan el momento y escarban en el lodo de sus playas. El compromiso es devolverle a la ciudad, como patrimonio histórico, objetos que tengan más de 200 años para su catalogación, estudio, curaduría y entregarlos a algún museo. Toda la historia de Londres la tiene el Támesis en su lecho. Quedo maravillada al leer esta historia. Está de moda ser mudlark (buscador en el lodo).

Reflexiono sobre nuestros ríos. El Magdalena, que nos recorre de sur a norte y atraviesa nuestra geografía, empieza como una quebradita de aguas cristalinas e inocentes y se va empoderando en su recorrido, sus aguas se van enturbiando a medida que aumenta su caudal y en épocas de crudo invierno se enfurece y desboca anegando pueblos, campos y sembríos, incontenible en su rabia, convirtiéndose en un río bravo, como gritando auxilio porque no puede contar más que historias de dolor y de lágrimas.

Cuando llega el verano y sus orillas se secan y un lodo rojizo se quiebra al sol, nadie recoge monedas coloniales, ni recuerdos gratos. Sus aguas devuelven, desde la Conquista, cuerpos y más cuerpos inflados, muchísimos de ellos ya carcomidos por aves rapaces.

Zapatos, ropa, botas de caucho, prendas infantiles, a lo mejor arcos y flechas, maderos podridos. En ciertas ocasiones esas aguas chocolate se tiñen de rojo. Esa es nuestra historia y esa es la herencia que nos deja el río. Su principal afluente, el Cauca, que nace puro y claro, también lleva en sus entrañas más profundas siglos de sangre y dolor. Cuántos recodos no han albergado restos humanos o partes de cuerpos mutilados, ya descoloridos y deformes. Cuántas almas caritativas han pescado y rescatado restos irreconocibles y los han amortajado con amor, les han dado un nombre y cristiana sepultura en un nicho donde puedan descansar en paz.

El Arauca, el Meta y el Orinoco tal vez nos puedan contar otras historias, desde la era rupestre, además de los cuerpos asesinados y arrojados a sus aguas. Todo eso está por descubrirse, porque esas llanuras insondables esconden secretos que todavía están ocultos para la “civilización” que vive encerrada entre tres cordilleras y desconoce el resto de su privilegiado territorio. Sí, encerrada, claustrofóbica y ensimismada.

Ríos que hablan. Jamás los escuchamos. Pero ellos devuelven en algún momento dado lo que no les pertenece. Son honestos. Entran al mar sin dejar cosas pendientes. Si algún día dejamos de matarnos, nunca se pierde la esperanza, ellos nos podrían regalar maravillas. Me imagino el Atrato, el San Juan, que hasta el presente solo han recibido dolor y sangre, ya limpios, dejando en sus playas recuerdos de nuestros orígenes.

El mar también arroja a las playas de arena salada toda la basura que recibe, por eso existen islas de plástico y mugre, aunque guarda celoso en sus profundidades, con respeto, galeones, acorazados, submarinos y naves que sucumbieron a sus iras y fueron devorados. La naturaleza es perfecta. Jamás roba ni engaña. Y Colombia en sus aguas es testigo de nuestra historia. ¡Pero necesitamos la paz!

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2019-08-06T00:00:30-05:00

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