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hace 1 hora
Por: Jaime Arocha

Muerte a cuentagotas

TEXTOS CORPORALES DE LA CRUELdad, libro del Centro Nacional de Memoria Histórica, versa sobre la escuela de muerte que el Frente sur Andaquíes de las AUC montó en Puerto Torres, una inspección de Belén de los Andaquíes (Caquetá).

Entre 2001 y 2003, ese frente confinó a la gente de ese pueblo para que atestiguara cómo convertía un árbol de mango en el colegio Gerardo Valencia Cano en colgadero de enemigos, a quienes les lanzaban sus cuchillos, o rociaban con insecticida. De no confesarse guerrilleros o simpatizantes, los pasaban a la casa cural, donde les hacían incisiones para que el cuerpo se descompusiera en vida. De ahí podía darse el regreso al patio de cemento del colegio, para más suplicios, hasta decapitarlos.

La teatralización además buscaba que los reclutas aprendieran cómo sus guías se habían vuelto virtuosos en el martirio. Similar a la escuela de Puerto Torres era la de reentrenamiento La Gorgona, en Arauca, y por encima de ellas estaba la de Estudios Políticos de San Blas, sur de Bolívar, a cargo de alias Ernesto Báez. Esta última enseñaba cómo salvaguardar la democracia, delegándoles a las otras la formación en cómo matar a cuentagotas. Espacios comparables figuran en el documental “Fusiles de madera”, referente al adiestramiento sobre aspectos como convertir el fusil en otro órgano del cuerpo. Lo reciben muchachas y muchachos que por primera vez ingresan al Ejército de Liberación Nacional.

El CNMH entrevistó a tres excomandantes, de quienes dice ser gente normal con familia, ni psicópatas, ni monstruos, quienes habían tenido rango en el Ejército Nacional. La explicación de su conducta, el adoctrinamiento recibido con respecto a la supuesta subuhumanidad de la subversión y sus cómplices, de modo que someterlos a suplicio y aniquilamiento consistiera en una misión altruista.

Los autores del libro desentrañaron parte de la verdad con los testimonios de los victimarios. La complementaron exhumando 39 cadáveres que analizaron mediante la antropología forense para identificar rastros de cortes, disparos o quemaduras que corroboraban las torturas infligidas.

Quedaría la pregunta por la no repetición, indispensable para que cualquier excombatiente transite con éxito hacia la vida civil. Las confesiones ante los jueces de Justicia y Paz o la verbalización del arrepentimiento, ¿borran hábitos troquelados a profundidad por escuelas de la muerte para inferiorizar a otro ser humano y dosificarle sufrimiento, con un automatismo que emule el del instinto? Un informante excarcelado dio muestras de que no. Guiando a los forenses hacia las fosas, con palabras y gestos revivió sus performances, como cuando se detuvo a pelar una naranja, explicando con rabia que así era como les entraba el cuchillo a esos hijueputas.

La deshabituación a no usar armas, ni a dar órdenes dentro de la cadena de mando causan trauma. Como soporte psicosocial, Textos corporales menciona el apoyo que desde 2011 reciben los militares que dejan el servicio. Quizás contribuciones como las del psicoanálisis, o las de ritos para exorcizar pasados, ricos en poesía, música, teatro y danza, habrían merecido figurar dentro de la imagen de futuro que esas páginas dibujan, algo que uno también esperaría con respecto a todos los victimarios que el actual proceso de paz contempla.

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